¿Está acertando Letizia?

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MIGUEL RIOPA

PUNTO PARA LA REINA Sus últimos estilismos se han interpretado como un cambio a favor. Más suelta y abierta a otras firmas de moda, se le achaca un excesivo «control» en el protocolo.

27 feb 2015 . Actualizado a las 05:46 h.

Hace ocho meses que es reina y dicen los expertos en comunicación que se le nota. Que sonríe más, que está más relajada y que como pareja, Letizia y Felipe, dan sensación de más unidad. Como si todas esas turbulencias que se han ido sucediendo (y que aún suceden) en el ámbito familiar los hubiesen fortalecido en su imagen, pese a que todavía hay un desequilibrio entre ambos. Esa es la opinión de Mar Castro, consultora y formadora en comunicación y protocolo, que le achaca todavía a Letizia un exagerado y férreo autocontrol en su lenguaje gestual. Eso que en la forma coloquial se abrevia en una acentuada «falta de naturalidad». «Es verdad que ha suavizado su imagen fría y distante que ofrecía como princesa, pero aún mantiene la mirada lejana y una postura tensa, muy lejos de inspirar la cercanía natural que transmite Felipe», concluye Mar. Sin embargo, la reina Letizia ya no es la misma que como princesa se enfundaba en una vestimenta demasiado clásica que le echaba años encima. Cirugías y tratamientos aparte, la reina se ha ido construyendo un estilo «pensado», entre clásico y sofisticado, que se ha descorchado con sus últimos looks.  

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MÁS ALLÁ DEL VESTIDO RECTO

En sus actos más recientes Letizia apostó por la combinación de la elegancia, el blanco y negro, de gran efecto visual. Ha ido abandonando poco a poco los previsibles cortes de su diseñador preferido, Felipe Varela, y se ha abierto a otras firmas como Carolina Herrera o Hugo Boss. Hace poco sorprendió con un esmoquin precisamente de la marca alemana en el 25 aniversario de Antena 3 e hizo un guiño en su visita a Angela Merkel luciendo una prenda de la misma firma. No es que el riesgo sea excesivo, según apunta Mar Castro, pero hay un desabotonarse de esa postura regia y envarada del vestido recto para una mujer de poco movimiento en el protocolo. Es un paso. Aunque le cuesta bajarse de sus básicos (el tacón, el largo hasta la rodilla y su cintura marcada) el avance se ha notado en su expresión más juvenil que refleja cierta inquietud. 

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Ese tanto lo marcó en su visita a A Coruña para inaugurar la exposición El primer Picasso. Ajustada en una falda de vuelo con bolsillos de Hugo Boss que cuesta 190 euros, Letizia sorprendió por la combinación con un jersey de rayas de la misma firma. Un homenaje, se interpretó, a la camiseta icónica del pintor malagueño salvando las distancias. Ese punto de Letizia no pasó desapercibido para los analistas en moda que van más allá en su interpretación. «La reina suele recurrir a un vestuario neutral o vistoso en función del papel que le toca interpretar: secundario o protagonista, siempre como complemento y apoyo a su marido, el monarca, y adaptado a los condicionantes propicios o desfavorables del evento que tenga presidir», explica Mar Castro. Una manera antiquísima de ir por delante o de controlar los efectos de su aparición. El poder de una cazadora de cuero, de un vestido llamativo, de unos labios muy rojos o un peinado nuevo pueden romper la atención en un determinado momento. 

A Letizia le gusta gustar y sentirse protagonista en sus intervenciones y es absurdo compararla con la imagen que proyectaba la reina Sofía. Mucho más inmóvil (no cambió su peinado jamás) y siempre un paso por detrás de don Juan Carlos. Son dos mujeres de tiempos completamente distintos. Pero es verdad que ninguna de las dos se aupó en las estridencias y Letizia se mimetizó en su suegra en cuanto a la austeridad. Ha repetido atuendo y es fiel en el día a día a las firmas Mango y Zara y cuando tiene ocasión también presume vistiendo a sus hijas de las gallegas Nanos o Pili Carrera. Poco amiga del exceso en los complementos, la reina suele elegir cartera de mano y joyas de Tous cuando no se trata de una cena o una comida de gala. Letizia no se pasa. Y eso como principio es bueno, si bien puede resultar un poco insípido, como ese rodaballo hervido que eligió para comer en O Pé Franco. ¡Y mira que es rico el rodaballo!

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