Tú también, Uma, hija mía

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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El primer recuerdo cinematográfico que tengo de Uma Thurman la devuelve como una exquisita y extraña criatura de físico inalcanzable. Era 1990 y traspasaba la pantalla como si fuera la inaccesible rubia June, la liberada mujer del escritor Henry Miller que en esta historia titulada precisamente Henry y June entrecruza su inteligencia y su sexo con  Anaïs Nin, responsable de un diario que recoge este triángulo de intensidades. El papel de Anais descubrió al mundo a una jovencísima María de Medeiros (25 años tenía), pero esta es otra historia.

La Thurman de hace 25 años exudaba ese tipo de belleza inviable desde los estándares de la normalidad. Era transparente y elástica, interminable, una de esas mujeres que parecen haber sido construidas a otra escala, como si fueran un modelo de la siguiente generación en el que a pesar del tamaño todo encaja. El ramalazo moreno y recortado que es moneda común hacia el sur de Europa contrasta mucho con esa hermosura nórdica que parece hecha de escarcha. Creo que por eso nos paraliza y nos conmueve. Hay algo que nos resulta ajeno en esos interminables centímetros de persona, en esa transparencia cristalina que deja que asomen las venas, en esas cabelleras doradas y ligeras.
El caso de Uma Thurman aportaba además sorpresas biográficas. Hoy el mapa de los territorios vitales de los españoles se ha vuelto más complejo pero en aquellos noventa el lugar de nacimiento más exótico al que se podía aspirar era el Bajo Ampurdán. Ella era de Boston pero su padre era un profesor budista y su madre una antigua modelo nacida en México, hija de un alemán y una sueca-danesa. Todo muy chic. Nunca estuvo Uma tan guapa como entonces pero en los 25 años transcurridos desde entonces había sabido conservar una belleza peculiar que la descosía del montón en cuanto le ponías la vista encima. Del hipnótico baile que se marcó con Travolta en Pulp Fiction es fácil recordar sus manos, unas extremidades interminables y flacas que literalmente engulleron el siguiente asalto a la pista de baile de un Travolta hasta entonces desfondado que no había sido capaz de abandonar el descapotable de Grease. Muy malvado el señor Tarantino.
Todo encajaba bien en Thurman hasta este martes. Fue este martes cuando una fotografía nos sirvió el nuevo aspecto de esta mujer que ha vivido acomplejada con su físico, enferma de dimorfismo, infectada por el virus de la ausencia de autoestima, un microbio para el que no existe vacuna, aunque tu vida sea admirada y aplaudida, tus parejas sean inteligentes y atractivas y tu cuenta corriente sea la cueva del tío Gilito. 
Uma, como antes Renée, empuñó el bisturí y se pegó tres tajos en la cara hasta convertir su rictus en el de una especie de culebra en la que jamás volverá a asomar la chispa de sofisticación que la había hecho diferente.
Una más en la interminable lista de caídas en el durísimo combate de la aceptación física. Dan ganas de ponerse en plan Julio César y espetarle a cada una de las que renieguen de quienes son: «Tú también, Uma, hija mía»