Hasta ayer mismo, el ser humano huía de las cámaras. Me refiero, queridos niños, al ser humano del montón, a las personas de toda la vida, a las de andar por casa. Por eso había modelos que, como su propio nombre indica, eran los seres humanos molde, algo así como el patrón perfecto de persona, el ideal armónico de individuo. Las medidas de estos gachós prototipo quedaron definidas hace un porrón de años, exactamente cuando los griegos clásicos inventaron el misterioso número áureo que da aspecto matemático a la belleza y a la divina proporción. El mensaje era un poco puñetero, porque se podía entender que la mayor parte de la humanidad era como un mercado de camisetas con taras en el que solo unos pocos elegidos eran perfectos, pero lo cosa se iba aceptando razonablemente bien.
La cuestión es que, mientras el mundo se organizó así, solo los y las modelos eran capaces de soportar el escrutinio implacable del objetivo de una cámara, el agujerito más intimidante de los muchos agujeritos intimidantes con los que convivimos. Para enfrentarse al obturador de una Leika se requería además del pertrecho físico del número áureo, un entrenamiento de marine. Solo así se evitaba la denominada cara de acelga que los mortales vulgares ensayábamos en cuanto asomaba un flash. No me consta la existencia de estudios científicos sobre este miedo colectivo a ser fotografiado; puede que lo provocase un resquicio atávico que hoy todavía conservan algunos de los llamados pueblos no contactados que huyen de los objetivos como de la peste convencidos de que con cada impresión de tu imagen se te va el alma. Para sobrevivir al trance del retrato había de hecho auténticos conjuros, palabras fetiche que exorcizaban el mal rollo de someterse a una instantánea. Por aquí, la más común era paataataa, que encomendaba al aparato fonador la responsabilidad de salir decente en las fotos; con tantas aes se garantizaba una especie de mueca o rictus de alegría que el sujeto no estaba en condiciones de proporcionar él solito a la eternidad que garantizaba una foto. No se crean que era un truco local. Casi todas las culturas entregaban a sus individuos sortilegios parecidos para que la referida cara de acelga se escabullera. En francés, leo por ahí, decían ouistiti -un género de primates-; en italiano famiglia; en inglés cheese y en holandés zaag eens kaas. Todas estas palabras, en el fondo, ayudaban a los mortales vulgares a soportar la terrible posibilidad de que la foto fuera disparada en un mal momento. Porque si eso sucedía, tu rostro abominable emprendía una vida propia por los cajones de las casas de toda tu familia, de aquí al fin de los tiempos, y esa cara de parvo reaparecía cada domingo de ciclogénesis cuando se entretenía la nugalla explorando el pasado a través de las fotos.
Pero un día llegó Steve Jobs e inventó el i-phone. Y la vida empezó a ser eso que te sucede mientras te haces un selfie. Este martes, en una parada de autobús del Parrote, dos adolescentes posaban ante su teléfono, que como saben es en realidad una cámara de fotos que hace llamadas. Apenas duró la escena unos segundos pero jamás había visto en directo semejante destreza. El viento colaboraba y agitaba las melenas como si las muchachas fueran Beyoncé y sus rostros se transformaban ante el objetivo con el impulso seductor de una pantera. ¡Qué barbaridad! Ni rastro del duelo turbador del pasado. Ni rastro alguno de patatas. El mundo es ahora un lugar lleno de modelos en una sesión de fotos eterna.