Vigo, más allá de las luces


Las Navidades, sin luces, pasado aquel 1972 inicial, se anunciaban con la entrada de bacaladeros y congeladores llegados con merluza o rosada de Sudáfrica, bacalao de Terranova, calamar de los mares de Boston o con pulpo del banco canario sahariano, en Beiramar. Hoy como ayer, los buques congeladores llegan vencido noviembre a los muelles de Vigo. Si dan por asomarse a ese mar sin abrir, y lo logran, encontrarán al Baffín Bay, el Golden Touza, el Sil, o quizá alguno de los Vieirasa, y puede que al propio Pescavigo Uno, o al Ribadeo, en aquellas sus primeras vidas o rebautizados, para seguir en la descubierta de las pesquerías del mundo. No encontraran las parejas bacaladeras de Casa Mar, pero asomará algún atunero. Buques de cien pabellones, pero gallegos, que en Vigo siguen anunciando con su llegada la proximidad de la navidad, también ahora, con las luces.

Ahora, cuando son recuerdos de debilitada memoria aquellas clases dirigentes que habitaron la ciudad, desde Álvarez y su cerámica al entramado de Casa Mar, las incontables conserveras y su Unión, y la Caja de Ahorros Municipal de Vigo. Ahora, cuando la emblemática e innovadora Pescanova ha tenido que ser rebautizada como Nueva Pescanova. Ahora, cuando se mantiene el misterio sobre la Plisan inacabada en Salvaterra (una ineficaz empresa de la Xunta, el Puerto y Zona Franca), y siguen las industrias esparcidas en O Camiño do Caramuxo y Balaídos, en Valadares, Ríos, Teis, o en tantos muelles y terrenos ganados al mar, terrenos del mar, donde parte de la industria viguesa buscó asiento y en ello sigue. Ahora, cuando los empresarios de Vigo, los nuevos y los viejos, han salido hacia Portugal. Ahora, cuando es tiempo de reflexionar sobre una ciudad que se hizo, en apenas cien años, sobre sus parroquias, el mar y el tranvía. Una ciudad y sus poderes.

Con Abel Caballero y las luces, Vigo decidió anunciarse a sí misma, reconocerse. Para ello fue necesario que aquellos viejos dichos de Vigo como ciudad con tres poderes, el del Puerto, el de Zona Franca, y el de la Fiel, Leal y Valerosa, hayan dejado de ser reconocidos por los vigueses, que siguen y empujan al único alcalde al que hoy reconocen, el de la ciudad. Por más que otros, desde la política, la economía o el deporte, pretendan emancipar poderes o intereses que, con lógica, deben subordinarse -en diálogo democrático- a lo expresado por los vigueses.

Cuarenta y siete años con casa abierta en Vigo permiten observar transformaciones profundas de una de las ciudades que, más allá de su pujanza y descalabro alternativos en lo económico, burgués, industrial, obrero, financiero y cultural, ha logrado mantenerse en un ninguneado y opaco liderazgo de Galicia. De recordar las manifestaciones por el Estatuto de aquel 4 de Nadal en 1977 y 1979. Aun hoy, con la recuperación de la ciudad por los vigueses, me pregunto por qué han tenido que pasar tres generaciones para que el sireno sea reconocido como una de las almas perdidas que hicieron Vigo.

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