Las válvulas de escape de Vigo

Los principales miradores de la ciudad relajan e impresionan por igual a vecinos y turistas


vigo / la voz

Vigo es una ciudad de mar y de cuestas. Lo repiten quienes la descubren y lo experimentan quienes las suben a diario. Subir cansa, pero al final hay recompensa. El perfil vertical de Vigo regala un buen número de miradores, puntos privilegiados para observar, respirar y pausar el incesante girar de la vida.

En la película La mirada de Ulises (1995) un cineasta griego emprende un arriesgado viaje por toda la península Balcánica en plena guerra yugoslava persiguiendo unas cintas desaparecidas de las primeras filmaciones de los hermanos Manakis. En esas imágenes busca recuperar la mirada perdida de la inocencia, de lo puro y sincero que vive en las primeras veces y empapa la infancia, pero que se va apagando al hacerse mayor. Algo parecido es lo que buscan Camilo y Norma, pareja de mediana edad, en el Monte Alba. Se quejan de no ser capaces de definir con vocablos aquello que solo se siente, «precisamente vienes aquí para no pensar con palabras», dicen. Les encantan los miradores, los conocen todos y aseguran que ese es el mejor de Vigo. «Es impresionante, estás viendo cosas familiares y en cambio te sorprende». Llevan muchos años viviendo en la ciudad olívica, y se nota, porque pasados unos minutos sí se les viene una palabra a la mente: quemado. Les cuesta decirlo, como si al permitir que se escape de una garganta cobrase vida aquel difícil recuerdo de los incendios de hace dos años. Al rato, se escuchan jadeos y el arañar de ruedas de bicicleta sobre la tierra. Aparece Adrián Roibó, que salió a las 17.30 horas del centro y no sabe ni qué hora es. Da igual, está feliz, sudando y feliz. Con sonrisa y brillo en la mirada observa las vistas del punto más alto posible desde el que contemplar Vigo, que reducida aquí a una pequeña postal desde el puente de Rande hasta las islas Cíes parece de juguete. «Es un paraíso, debería venir todo el mundo, quien pueda en la bici, aunque tampoco lo recomiendo mucho», bromea mientras recupera el oxígeno.

Bajando un poco surge el Monte dos Pozos. Las vistas son similares, toda la ciudad y la ría con solo girar la cabeza, pero el espacio es más amplio y apacible. Bárbara y Juan son de Nigrán, siempre habían escuchado hablar de este lugar y hoy decidieron venir. Lo catalogan como admirable y muy bien cuidado.

La zona de paseo que gira alrededor del mirador es un parque de atracciones para perros, como el de Jose y Petra, que vienen todos los días a pasearlo porque viven cerca. Hay un bar, la carta de helados supone el otro gran atractivo para pequeños y mayores, que se igualan cuando tienen un calipo en las manos, lo sujetan con la misma ilusión.

Sentados en el césped, Cándido y Susana le dan la papilla a su hija, que a ratos llora y a ratos ríe. ¿Con qué palabras definirían este lugar? «Amor», susurra ella. «Verde, amplio y bonito», dice él.

El descenso por los balcones de Vigo continúa y llega a O Castro. Una atalaya natural en medio del hormigón. Lo transitan gente más joven, ya que no hace falta coche para llegar y disfrutar de este reducto verde. Como Diego y Sara, de 20 años, que están enamorados de las vistas que regala cuando se empieza a poner el sol. Otros vienen desde más lejos: Ana y Lourdes, madre e hija, de Valencia con familia en Chantada, están aquí por recomendación del chico del hotel. Sus móviles echan humo con las ráfagas de fotos que disparan. «Subir cuesta un poco pero las vistas merecen la pena». O Alejandro y Nerea, que llegaron desde Ourense porque ella vino de pequeña y quería enseñárselo a él, que posa su brazo en los hombros de su pareja con cariño.

Hace calor, el sol quema las pieles que se exponen a su caricia y unas gotas aliñan los muros de piedra seca de la ermita de A Guía. Hay menos gente que en el resto de miradores y el silencio solo se agrieta por el viento y los pájaros. Diego y Alberto, de Vigo, han traído aquí a Abraham, de Bertamiráns, para enseñarle la tranquilidad de este enclave. «Cuando estoy mal vengo aquí porque me transmite paz», dice Alberto. Luisa Alcares cuenta que su hija, Ana Blanco, sentada a su lado, se casó ahí, y su hermana también. Habla del tío Manolo, que luchó hace años porque no cerrasen la playa de A Lagoa cuando los embarcaderos empezaron a robarles la costa a la gente del barrio.

El día llega a su crepúsculo en el paseo de Alfonso y en el chiringuito La Vela. Dos sitios predilectos para ver los últimos rayos anaranjados del sol reflejados en el mar.

Las gaviotas parecen los seres más afortunados del mundo y se burlan grácilmente de a quienes les pesan demasiado los pies como para alzar el vuelo. Juegan y pintan líneas en el cielo dorado como un profesor en su pizarra, enseñando qué es la libertad. La ría es un inmenso plato de sopa que se mueve en suaves ondas con la caricia del viento.

Las farolas incandescentes del puerto riman con la franja amarilla del atardecer que descansa sobre el perfil de O Morrazo. «Impresionante, luminoso y amplio», son las tres palabras que eligen Rubén y Paloma, de Toledo, para definir el mirador del Paseo de Alfonso. «Calma y movimiento», dicen Jorge y Carmen, ya que están en pleno centro de la ciudad, aunque podría olvidarse con facilidad. Vienen desde Madrid y están aquí bajo la recomendación del FreeTour que hicieron por la mañana. Están fascinados. Es complicado no estarlo con el color melocotón que baña el lugar, como recuerda Fani, que viene con Iván y dice que les encanta, solo les faltaría la cervecita; las terrazas están llenas.

Por la avenida de Samil entre la playa y el Museo do Mar hay un último escenario. Un chiringuito y la cala en la que descansa sirven de deleite en la puesta de sol para parejas, amigos y familias. Un poco de todo eso hay en el grupo de Natalia, Lucía, dos Sergios, Raquel, Iván y María, que, con mesa y bebidas de por medio, disfrutan juntos. Lucía insiste en lo que más le gusta del lugar: la tranquilidad. Iván, que estuvo un tiempo fuera, dice que lo echaba de menos.

Unas niñas hacen el pino y volteretas laterales en la arena con una energía de primera hora de la mañana, los adultos se sientan en sillas y miran al mar. La luz y los colores del ocaso salpican a todos por igual. Los atardeceres, la naturaleza y los helados tienen ese poder de hacer estériles los comederos de cabeza del día a día adulto y por un momento volver a maravillarse, a apagar las dudas y las preocupaciones, a ser niños y niñas, con la única certeza de estar a gusto. Difícil dar con la palabra que describa el cariz rojo violáceo que ha tomado el reflejo del sol en las nubes, tal vez no existe, tal vez es, como decía Lucía, «tranquilidad».

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