La luz de Vigo ya se ve en la estación espacial

Un aumento en la intensidad lumínica pondría en peligro el destino Starlight de las Cíes


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Queremos invitarles a disfrutar de uno de los espectáculos más fascinantes que nos ofrece el universo. Solo tienen que esperar a que se haga noche cerrada y salir a la calle o asomarse a la ventana. Hay que mirar hacia arriba, de este a oeste, justo sobre Vigo. Ahí la tienen. Esa maravillosa acumulación de estrellas agrupadas formando una senda que cruza la bóveda celeste es solo un trocito del doble brazo en espiral de la galaxia en la que estamos navegando, es la vía láctea. Está ahí, pero la mayoría no la ven. ¿Verdad?

Lo que vemos es luz artificial, y una buena parte es contaminación luminosa. Para satisfacción del alcalde, le confirmamos que Vigo ya se ve por la noche desde la estación espacial. Y se ve mucho, ninguna ciudad de Galicia se ve tanto. Cuando se estudia la contaminación lumínica, nuestra ciudad brilla con especial intensidad. Sería imposible que no nos vieran con nuestras 43.000 farolas en las calles. El gasto energético que supone conseguir ser muy visibles para los astronautas, porque aproximadamente un 25 % de la luz se pierde reflejada hacia el cielo, alcanza los 22 millones de kilovatios cada año y un coste económico de 3,5 millones de euros. Es mucha energía y mucho dinero el invertido en iluminar calles y aceras. No solo en el centro de la ciudad, sino en muchos barrios, estamos utilizando una potencia equivalente a 124 vatios para iluminar un metro cuadrado.

 Frente a estas cantidades de gasto normal, los aproximadamente 24.000 euros extras que nos costará la factura eléctrica de la apoteosis navideña parecen una cifra irrelevante. Que prácticamente coincidieran en el tiempo el anuncio urbi et orbi del récord mundial de instalación de lamparitas del alcalde con el anuncio de una campaña de sensibilización sobre la contaminación lumínica de la Concejalía de Medio Ambiente es un ejemplo de ese humor surrealista que hace tan bonita a esta ciudad. El problema es que el exceso de luz artificial nocturna contamina. Ya tenemos abundante evidencia científica para confirmar sus efectos perjudiciales en nuestra salud y en los ciclos vitales del resto de animales y plantas y las nuevas investigaciones incrementan las malas noticias. Sobra también la información disponible sobre la traducción de ese exceso energético a emisiones de gases de invernadero que en el caso de Vigo suponen unas 1.500 toneladas anuales.

 La buena noticia es que, paralelamente, sabemos lo que podemos hacer. Sobra al menos un tercio de las luces en nuestras calles. Sobra la mitad de la intensidad luminosa que emiten. Sobra toda la luz reflejada que enviamos al espacio. Podemos sustituir la iluminación convencional por leds, pero no los que emiten luz blanca, pues son los que resultan más perjudiciales para nuestra salud, sino los de luz cálida (la amarilla, para entendernos). Podemos retrasar el encendido de la iluminación y adelantar su apagado. Podemos rebajar su intensidad en mitad de la noche. Podemos sustituir las pantallas de proyección por otras que concentran la luz hacia el suelo, donde nos interesa, sin dispersarla hacia el cielo. Podemos regular en ángulo de incidencia de las farolas para evitar paradojas como calles en las que una acera está en penumbra mientras en la de enfrente se ilumina la fachada de los edificios. Y podemos aprender que estas cosas tienen su aplicación en nuestras casas. Y tenemos de quienes aprender porque están aquí mismo científicos de altísimo nivel dedicados a investigarlo. Uno de esos referentes nos lo contaba esta semana en una charla organizada por Marea de Vigo. Salvador Bará nos decía también que si la luz de Vigo llega a iluminar la panza de un artefacto que gira a 400 kilómetros de altura su efecto no es menor más cerca, a solo 14 kilómetros. En el faro de las Cíes por la noche nuestra sombra se proyecta en la pared. Hasta allí llega la luz de Vigo y si solamente se incrementa una décima su intensidad las islas perderán su distinción como destino Starlight. Previsiblemente, será pronto. No es un problema técnico. Contamos con soluciones sobradamente probadas. No es un problema económico, pues el coste con un uso sensato de la eficiencia (un sistema más eficiente es inútil instalando más) es considerablemente menor. Es una decisión política que debería tomarse colectivamente por una ciudadanía informada, pues se trata de algo que nos afecta a todos y todas. ¿Y si entre todos y todas decidiésemos qué noche queremos? En el fondo, Bará nos enseñó que, paradójicamente, a veces lo que demuestra verdadera inteligencia es precisamente tener pocas luces.

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