Creí que estaba en la ría de Vigo y resulta que estoy en la de Muros». Era uno de los chistes que el ingenio vigués parió a comienzos de los años setenta cuando el muro acababa con la virginidad de la playa de Samil. Aquel arenal fue motivo de orgullo de los vigueses hasta entonces. Sí, era complicado aparcar. Sí, te pinchabas en los pies con las camariñas. Sí, había muchas incomodidades, pero era una playa hermosa.
De nada sirvieron las quejas de la ciudadanía. Ni tampoco la firme oposición que un grupo de intelectuales mantuvieron públicamente. Eduardo Blanco Amor, Valentín Paz Andrade, Darío y Álvaro Álvarez-Blázquez, y otros muchos firmaron incluso un manifiesto contra aquel nuevo Muro Atlántico.
La urbanización de la playa fue total. Las nuevas generaciones crecieron sin conocer otra cosa, aunque sí dándose cuenta de que el arenal experimentaba una degradación constante.
Quizá por ello, los políticos, a propuesta de los técnicos, consideraron oportuno incluir en la elaboración del Plan Xeral de Ordenación Municipal la necesidad de hacer desaparecer la Línea Maginot viguesa para dar otra oportunidad al arenal. Claro que había que esperar a la finalización de las concesiones a los distintos bares y restaurantes. Primero fue As Dornas. Se cumplió lo establecido y se derribó. Ahora, justo después del fallecimiento de Karina Falagán, le llegaba el turno al Jonathan. Sin embargo, y al revés de lo ocurrido con As Dornas, el gobierno de Abel Caballero ha decidido sacar a concurso una nueva concesión. De cumplirse, Caballero estará levantando un nuevo muro que seguirá ahogando al arenal y condenando a una muerte casi segura. A lo peor, lo hace para parecerse un poco más a su gran ídolo, aquel alcalde falangista que cambió la ría de Vigo por la de Muros.
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