Los nuevos ingenieros forestales del Concello de Nigrán trabajan para que el incendio de octubre no se repita
08 jul 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Nigrán cuenta por primera vez con dos ingenieros forestales para proteger sus montes, llegan 7 meses después de ese octubre fatídico de humo y fuego. Brais Pereira y Ángel Soliño trabajan en un pequeño despacho del último piso del Concello. Uno es de Baiona y el otro de Priegue. Trabajan cerca de casa y se nota. Conocen los lugares de los que hablan, y vivieron, como sus vecinos, ese fin de semana de angustia y dolor.
Tres mesas, tres ordenadores y dos ingenieros con los ojos fijos en sus pantallas. Se pelean con un procesador de texto de uso libre mientras consultan un mapa de Nigrán con muchos colores, que usan para elegir las zonas que deben estudiar. ¿Cómo ha conseguido este trabajo? La respuesta de Brais Pereira es rápida y sencilla. Gira en redondo su silla de escritorio, y señala un cartel al tiempo que dice: «Por esto». El lema «Aprol rural» destaca sobre lo demás. Bajo él, la Xunta de Galicia ofrece unas ayudas para el fomento del empleo en el rural en actividades de silvicultura, biomasa, y limpieza de montes. Como en todos los documentos públicos también está el presupuesto; 29.445 euros.
Brais gira la silla de nuevo y vuelve al trabajo. Están redactando el borrador de un plan de actuación forestal municipal para fijar los lugares donde se debe actuar para prevenir incendios forestales. Su prioridad está en las parcelas cerca de las casas o de las vías de comunicación importantes, como la autopista o la carretera general. Explican que son lugares prioritarios porque «o principal é evitar que as persoas estean en perigo».
Trabajan con prisa. Han llegado el 2 de julio y hasta que terminen el plan de prevención no se podrá contratar a los cinco brigadistas que le corresponden al Concello de acuerdo al convenio con la Xunta. Esperan que para comienzos de agosto ya esté todo listo, y se pueda incorporar a los trabajadores por los tres meses que le corresponden. Treinta días después de que la temporada de máximo riesgo de incendio empezase.
Las mañanas de Soliño y Pereira se resumen en su despacho de tres ordenadores, en una furgoneta blanca con la palabra «Nigrán» en su lateral, y entre árboles y silvas. Cuando la carretera se convierte en una pista de tierra sus ojos prestan una atención especial a lo que los rodea. Nerviosos, hoy tienen una cámara a sus espaldas, estudian el grosor y la altura de la maleza de un bosque mixto, es decir, un popurrí de especies vegetales en las que destacan el pino y el eucalipto. «Aquí temos que limpar ben», avisan. Están en una parcela de propiedad pública de la parroquia de Vilariño, entre la autopista y las casas de unos vecinos. No hace falta ser un experto para saber que está, como se suele decir, a monte. Pinos y eucaliptos se mezclan en altura. A sus pies, helechos, tojos y silvas de cerca de 20 centímetros de alto. Una bomba de relojería, a la que solo le hace falta una chispa para arder. Es lo que ocurre en toda Galicia.