Se merecía otro punto final


Un final triste e injusto. David Cal, uno de esos pocos ilustres que han contribuido como nadie a expandir el orgullo de ser gallego, deja el piragüismo. O eso dice el COE, porque a David, como ha sido una constante en su vida, no se le ha oído decir ni pío. Ha sido Alejandro Blanco el que ha decidido filtrar la retirada del campeón y convertir en un lío el sagrado momento de la retirada de un mito.

En marzo, sin una última exhibición de su poderío, cansado, incapaz de seguir el ritmo de su propia leyenda, lo deja. Su trayectoria se merecía una última estela de su canoa. Un final envuelto en la épica de su brutal y poética palada. Pero Blanco ha ejercido de pregonero de un adiós que deja tanta pena como gloria tras de sí. Pena porque duele decir adiós a un gallego de Cangas compitiendo con rusos, americanos, alemanes..., y ganándoles. Y gloria porque el recuerdo de sus gestas no se podrá borrar de las memorias de un pueblo al que ayudó a ser un poco más feliz.

Su cuerpo tenía arrestos para otra medalla. Pero su cabeza, no. A David se le acabó el hambre. Estas cosas pasan. Incluso a quienes llegaron más lejos que nadie gracias a su ambición. El japonés, al que siempre apelaba Morlán, ha dejado de marcar registros apoteósicos. Sin ilusión, David navegaba en una canoa triste, lenta, pérdida en el agua de Brasil. Sin ilusión, Cal se ha hundido en un agujero negro que le ha llevado a un adiós injusto, salvo gatillazo del presidente del COE.

Galicia ha perdido quizá al más grande una época dorada del deporte gallego, un período en el que cayeron cuatro oros, cinco platas y un bronce en la gran cita planetaria. Él fue el pionero. Un gigante que vino y se fue en silencio.

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