Seis fruteros han convertido la destartalada plaza de Lugo en su casa a la espera de que se les garantice, por escrito, un retorno justo dentro de tres años
01 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.? la sombra de una ruina se venden vestidos de novia a sesenta euros. Huele a una mezcla de recuerdo y abandono y es época de liquidación en el atrio de la plaza de Lugo, la de toda la vida. Pero seis fruteros, concesionarios de 23 puestos, no están dispuestos a saldar su futuro. Hoy amanece su sexto día dentro del mercado en el que, juntos, compartieron más de dos décadas de trabajo. La plaza, víctima de años húmedos, es el vivo retrato de la agonía. En un escenario de ausencias, pareciera incluso dispuesta a derrumbarse antes de admitir la entrada a saco de las palas. Restos perecederos, cajas de madera y cartón, mostradores como vertederos, olvidos intencionados y huellas de mudanza apurada les acompañan. También algún gato. «Las ratas están fuera», se escucha. «No somos difíciles -explica Paco- sólo nos gustan las cosas claras». Y claro tienen que no dejarán el viejo edificio de A Guarda hasta que les garanticen -por escrito, por favor-, un retorno en similares condiciones a las que tenían hasta el momento.«Si dejamos tirar el mercado, olvídate; a la vuelta no hay nada que hacer», se justifica Aurora. «Queremos lo que es nuestro -tercia Flora- los mismos metros, con la misma ubicación y el mismo equipamiento; queremos que cumplan el pliego de condiciones». La letra, como si de una escritura notarial se tratara, marca la diferencia. Saite, la concesionaria del que será nuevo mercado dentro de tres años, les ofrece un documento de conformidad. Ellos piden un contrato de reubicación. Y con señas: dónde, cómo y con quién compartirán qué. El resto es -piensan- firmar un cheque en blanco.La notificación municipal de que el plazo para desalojar sus puestos se amplía hasta mañana llegó a mediodía. Hasta entonces, media docena de clientes ya había pasado visita. Una dejó un radiador. Otros, comida o lectura.«Si les dejamos, se quedan a dormir con nosotros», asegura María Jesús. Las noches no son frías bajo el saco y los días se calientan con llamadas telefónicas, amigos que cruzan la puerta de poriespán, se sientan en cajones hechos sillones, escuchan y acompañan. «Apunta mi móvil, por si nos cortan el teléfono», dice con humor agridulce Francisco. Se despiertan casi todos los días con churros traídos por los que comparten lucha desde casa y las tardes se les descuelgan tras los ventanucos de la plaza entre partida y partida de cartas, alguna cabezada, la tele y, sobre todo, el abrazo de la familia. Ana echa de menos la rutina de vender, su piso y sus clases de gimnasia. Pero no más que a sus niños. «Elena me necesita, sobre todo por la noche, lo noto cuando viene a verme, me abraza mucho», dice. A cambio, este exilio voluntario les ha demostrado que en sus casas hay amos. También añoran otras palmadas, como la de quienes hasta hace días eran vecinos de negocio. Aunque, recuerdan, cada uno empeña su compromiso a su manera y hay quien ha bajado la persiana en el mercado de la plaza de Pontevedra. Señales de solidaridad no les faltan. Pero el silencio les incomoda y ya piensan en hacer ruido. Nadie, ni de María Pita, ni de Saite, se ha interesado por sus días. Ni por sus noches. «Que venga Losada -dice Flora- que le informaremos de primera mano de que no tenemos nada contra el mercado provisional y de que si esto es municipal, el Ayuntamiento tendría que velar por lo suyo. ¿O no?».