La fundadora de La Isla de Tali, elegida segunda mejor «influencer» de España en la categoría de mascotas
10 mar 2026 . Actualizado a las 14:06 h.A los 16 años rescató a su primera yegua. No había seguidores. No había marcas. No había premios. Había barro, animales enfermos y una adolescente que regresaba a casa llorando cuando un rescate no salía adelante. Su familia intentó frenarla. No por falta de sensibilidad, sino por miedo. Veían a una niña enfrentándose a una dureza que muchos adultos no soportan: casos que llegaban al límite, noches sin dormir, pérdidas que duelen. Pensaban que estaba hipotecando su vida emocional, alejándose de lo que entendían como una vida «normativa»
Nueve años después, aquella joven que aprendió a caminar entre fango ha cruzado la alfombra roja del Teatro Magno de Madrid. No cambió de convicción, cambió de escenario. Lo hizo como una de las diez creadoras más votadas en la categoría de Mascotas de los Influencer Awards Spain, un certamen que combina votación popular y la decisión final de un comité de expertos.
El galardón al Mejor Influencer del Año fue para Juan Manuel Jimeno (@ecojuanmanuel). Sin embargo, fue Natalia quien subió al escenario a recogerlo. «Quedé de segunda en la votación final y él pidió que fuera yo, que lo merecía igual», explica. «Lo admiro mucho, aunque tengamos proyectos distintos; nos une el mismo objetivo, que es luchar por los animales».
Para ella, el reconocimiento no está en la cifra de audiencia, sino en el impacto. «No se valora por el número de seguidores, sino por la implicación real y social». Desde aquella primera yegua hasta hoy, asegura haber rescatado a más de 2.000 animales de más de 20 especies distintas. Caballos, perros, gatos, cabras, aves, pequeños roedores. Sin jerarquías. Sin diferencias.
La Isla de Tali, en la desembocadura del río Miñor, «no es un centro de rescate, sino un estilo de vida», defiende. «Somos una gran familia interespecie y todos los animales tienen los mismos derechos y oportunidades», sea «un caballo, un hámster o un perro».
Allí no hay especies de primera y de segunda. Hoy esa filosofía la siguen más de 126.000 personas en Instagram, alrededor de 30.000 en TikTok y cerca de 11.000 en Facebook. La mayoría están en España y, según sus datos, aproximadamente el 80 % son mujeres. Pero Natalia evita hablar de seguidores: habla de «familia isleña».
El crecimiento no fue casual. «Formarme mucho en redes sociales y creación de contenido» es una de las claves que señala. A eso suma «la transparencia con la que comunicamos todo a nuestra familia isleña» y, sobre todo, «la pasión con la que vivo cada rescate». Formación técnica, honestidad y coherencia.
Las redes, en su caso, son herramienta. «Sin las redes sociales no sería posible ni sostener económicamente los rescates ni conseguir tantas adopciones cada año». Esa visibilidad explica una de las diferencias del proyecto: la rotación. «A veces un animal no llega ni siquiera al refugio, ya lo tenemos adoptado». En otros casos, la adopción se cierra «en pocas horas».
Mientras en algunas protectoras muchos pueden pasar años esperando una familia, en La Isla de Tali el contenido digital se convierte en puente directo hacia la adopción. El impacto va más allá del rescate. Natalia sostiene que muchas personas experimentan un «clic» al convivir virtualmente con especies que rara vez se miran de frente. «Te das cuenta de que no hay diferencia entre un perro y una cabra». Algunas personas que la siguen, asegura, han dejado de consumir animales tras comprender ese vínculo. Otros eligen adoptar precisamente a los casos más difíciles: mayores, enfermos o con menos oportunidades.
De esa experiencia nace también Promesa Balto, un proyecto destinado a financiar la adopción de animales mayores de ocho años o con enfermedades, tanto de la Isla como de protectoras y perreras municipales. El objetivo es eliminar la barrera económica y dar una oportunidad real a los invisibles.
Cuando recuerda el principio, Natalia no idealiza nada. «Mi familia veía solo la parte negativa», admite. Animales que no sobrevivían. Llantos. Dudas. Intentaron protegerla. Hoy, a sus 26 años, mantiene la misma convicción que la sostuvo entonces. «No puedo cambiar el mundo, pero sí el de cada animal que rescato», asegura.