Es doctora en Ingeniería de Materiales y coordina a 40 personas en Aimen; trabajan con composite para hacer componentes más ligeros para coches, aviones o drones
17 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Existe un plástico bueno. Elena Rodríguez Senín (Santiago de Compostela, 1976) lleva más de 20 años demostrándolo. Va en nuestros coches, relojes, gafas o carcasas de dispositivos electrónicos. Un material que aligera el peso, reduce emisiones y mejora las propiedades de los convencionales. Los composites son mezclas de polímeros plásticos con cargas de otros materiales como la fibra de vidrio. Buscar la fórmula adecuada y descubrir nuevos usos es el trabajo de esta licenciada en Química, doctora en Ingeniería de Materiales, que proviene de una familia dedicada al transporte por carretera. «Sueño con un camión de composite», bromea esta apasionada del mundo del motor que dirige el departamento de I+D de Tecnologías de Composites en el centro tecnológico Aimen, en O Porriño, formado por 40 personas.
En una provincia en la que el metal es uno de los sectores industriales de referencia, con más de 30.000 trabajadores, es paradójico que sean los composites los que están revolucionando la industria del motor y de la aeronáutica, creando piezas que sustituyan a las metálicas, siete veces más ligeras. Es habitual encontrar estos nuevos materiales en los coches desde hace años, tanto en el habitáculo como en la estructura, mejorando la seguridad y reduciendo el consumo. El sector de la aeronáutica se ha subido a la carrera por la sostenibilidad. «Estamos trabajando en el avión con cero emisiones. Hay que rediseñar los aviones para que se puedan introducir estas piezas más ligeras», avanza quien trabaja en proyectos a nivel europeo.
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Rodríguez Senín ha liderado el diseño de un componente para las turbinas de los aviones que es un 35 % más ligero que el convencional. El proyecto Caelestis acaba de presentarse. Duró 42 meses y se llevó a cabo con once socios nacionales e internacionales para crear un componente clave en las turbinas aeronáuticas, una pieza encargada de guiar el flujo de aire en las turbinas de los aviones, conocida como OGV, para la compañía GKN. «Esta pieza es muy exigente porque el viento y el aire que succiona el motor la somete a vibraciones y flexiones importantes y a temperaturas de hasta 200 grados». El límite de uso lo marca la temperatura, estas piezas no soportan más de 300 grados.
Elena Rodríguez Senín trabajaba en un proyecto de investigación en la Universidad Carlos III de Madrid, recién licenciada, cuando la Asociación de Industriales de la Metalurgia (Aimen) la fichó. De eso hace casi 20 años, el departamento lo formaban ella y un compañero. Al inicio, tuvo la misión de crear materiales para la fabricación y reparación del sector naval que mejoraban la resistencia del acero. Ahora, el departamento que dirige trabaja en la creación de placas solares en las que los cristales de protección, rígidos, puedan sustituirse por coberturas transparentes flexibles. Conseguirlo permitirá que estas placas puedan adaptarse a superficies curvas como techos de coches.
Este plástico no acaba en los océanos, antes de diseñarlo y comercializarlo hay que presentar cómo gestionar el residuo y el final de su vida útil. «Nos estamos centrando en los termoplásticos que no emiten tantos volátiles a la atmósfera y requieren menos energía para ser procesados». También investiga cómo generar fibra de carbono de fuentes naturales. No solo es aligerar, también se trata de fabricar materiales que generen energía, por ejemplo, ante un cambio de temperatura o por vibración. «Lo conseguimos incorporando al material partículas, fibras o sensorizando», explica.
Conductora de camión
Dedicada a la fabricación de piezas para el motor, Elena Rodríguez Senín no se sacó el carné de coche. Cuando tenía 18 años, se examinó y aprobó las pruebas para ser conductora, pero de camión. «Con el de camión ya tienes el de coche, mi padre me animó y dije: ‘¡Por supuesto!’». Era la única chica en una familia compostelana dedicada al transporte por carretera. En Transportes Rodríguez Seoane era frecuente ver a la joven estudiante de Química dedicando parte de sus vacaciones a ayudar con las facturas. «Soy una apasionada del motor, cuanto más grande mejor. Me encantaría conseguir ese camión de composite, que confluyan los dos mundos que me apasionan desde niña, el camión y los materiales».
Explicar su trabajo no es sencillo, ni siquiera entre sus familiares, que se manejan cada día entre ejes y suspensiones. «Explico que trabajo para que los coches sean más seguros y los satélites duren más y sean más ligeros». Ve el mundo desde la física, pero también desde la química, su gran pasión. También ha asumido la labor de ir a institutos a explicar en qué consiste su trabajo. «Mi mayor orgullo sería que una chica que me escuche piense: ‘‘Yo también quiero llegar ahí’’. Es un trabajo superbonito». Ahora las mujeres son el 40 % de su equipo.
Su canción
«La mujer de verde», de Izal. «Representa el disfraz y la careta que nos tenemos que poner las mujeres interpretando el papel de heroína. Parece que tenemos que llegar a todo, llegar bien, que no te vean la debilidad porque no se perdona... Me siento identificada en esa pelea y en que a veces el disfraz también falla».