Simón, de 56 años, comenzó a jugar a los siete y ejerce como entrenador de modo ininterrumpido desde los 17
01 oct 2023 . Actualizado a las 08:42 h.Está a punto de alcanzar los 40 años como entrenador y los 50 con el baloncesto como parte permanente de su vida. Porque Miguel Ángel Simón Rodríguez (Vigo, 1967) comenzó a jugar a los siete y a entrenar un decenio más tarde. Nunca lo ha dejado, pasando por diferentes clubes, trabajando con deportistas de edades dispares y sumando experiencias que hoy aplica en el Seis do Nadal, entidad a la que se ha incorporado esta temporada y donde asume la coordinación técnica, aparte de entrenar a un par de equipos.
Los inicios fueron en Salesianos, tanto como jugador como en el rol que realmente ha marcado su vida: el que ejerce en los banquillos. «Desde pequeño, en el patio, me fijaba mucho en los entrenadores, en cómo trabajaban. Enseguida vi que como jugador no tenía mucho futuro y me llamaba la atención entrenar», recuerda. Sin olvidar un nombre propio que le dio el empujón: «Fue Amador Lama el que me invitó a entrenar en las escuelas y estuve allí hasta los 27 o 28, unos diez años».
Fue dando pasos de manera natural, entrenando a equipos de cada vez más nivel. Tenía 22 o 23 cuando empezó a tocar a los sénior y llegó un momento en que tenía ganas de nuevos retos más allá del colegio donde comenzó todo para él en este deporte. «Me apetecía hacer otras cosas y me decidí a probar en otros sitios», relata. Así, pasó por el ABC varios años y, luego, por el Helios Zorka, donde entrenó a un sénior y ejerció de ayudante de Berti en el equipo que llegó a disputar la fase de ascenso a Liga EBA.
Cuando este último club desapareció por cuestiones burocráticas y económicas, recaló en el Baloncesto Nigrán dos temporadas para luego irse al Mos, donde estuvo cuatro años, ascendiendo al equipo de autonómica a Primera Nacional. De ahí se fue al Tui, donde completó una etapa de trece años antes de apostar por el Seis do Nadal. En el cuadro tudense decidió, después de cuatro años en categoría nacional y tener que descender por cuestiones económicas, volcarse con las categorías inferiores.
Aunque después volvió a compaginar con el sénior, admite que con los años, la base le ha ido resultando más atractiva y le ha generado más motivación. «Ahora, llevo unos diez años entrenando solo a júniores, cadetes e infantiles y creo que puedo ayudarles más a crecer», comenta. Se siente más cómodo y a gusto con jóvenes a los que, dice, les trata de transmitir el «gen competitivo» que siempre le ha caracterizado. «Soy un entrenador al que le gusta hacer muchas horas, entreno mucho y he tenido la suerte de tener muy buenos grupos, con una disposición al trabajo muy buena. Eso siempre te motiva para continuar», expone.
El cambio al Seis do Nadal tras una etapa tan larga en Tui viene dado por diferentes factores. Uno de ellos es la distancia, ya que vive en Vigo y los desplazamientos entre cuatro y seis días a la semana se le hacían cuesta arriba en ocasiones. «Eran muchos días de carretera ida y vuelta y sentía que había acabado mi ciclo. El Seis do Nadal es una estructura potente, con muchos niños y una base con mucho porvenir», señala. Así, le parecía un proyecto atractivo del que formar parte. Además, estaba la vertiente de trabajar no solo con jugadores, también con técnicos en el otro rol de coordinación que ha asumido. «Me motiva colaborar con ellos y ayudar a que se formen y se preparen mejor», destaca.
Entre esas dos funciones que desempeña, no obstante, tiene muy claro con cuál se queda. «Me gusta más la cancha. Llevo dos equipos y disfruto mucho viendo cómo evolucionan, qué necesidades tienen», desgrana. Pero tampoco le hace ascos al trabajo de planificación y coordinación de las categorías cadetes e infantiles «para ayudar a que todo el club vaya en una misma línea». Esto implica charlas y reuniones que suponen más horas de dedicación.
Aunque en otros momentos de su vida ha compatibilizado el baloncesto con otros trabajos, ahora se dedica en exclusiva al deporte del que solo estuvo desvinculado el año que hizo el servicio militar. «Es una forma de vida. Mis fines de semana son baloncesto, le dedico muchísimas horas, a entrenar, estudiar, ver a los rivales, hablar con los entrenadores...», detalla. Muchas veces quita tiempo a sus horas libres para reuniones o lo que se le requiera, aunque subraya que su mes de vacaciones es «sagrado».
En su caso, no oculta que el baloncesto le ha aportado una estabilidad económica, pero por encima de eso están «las relaciones personales y muchas satisfacciones», aunque también, inevitablemente, algunas tristezas. No quiere pasar por alto las figuras de Berti Piñeiro y Larry, dos «grandes del básquet» de los que ha tenido la suerte de aprender, que «han hecho mucho por el baloncesto en Vigo y son poco reconocidos». Él también ha puesto su granito de arena. «Soy muy exigente conmigo mismo y con los jugadores. A veces tengo un carácter difícil. Que aun así te encuentres años después a jugadores que te recuerdan con cariño y valoran que aprendieron algo contigo es una satisfacción», agradece.