Cómo y cuándo nos cargamos la playa de Samil (I)

Antón lois AMIGOS DA TERRA VIGO@TIERRA.ORG

VIGO

Las voces opuestas al urbanismo desbocado de los años 70 serían hoy denominadas antivigo

03 ago 2021 . Actualizado a las 00:30 h.

Pidiendo disculpas por el atrevimiento al maestro (y sin embargo amigo) Jorge Lamas, hoy vamos a hacer un poco de historia sobre la destrucción y eternamente postergada recuperación de la playa de Samil, por aquello de saber de dónde venimos y adónde vamos, si es que vamos a algún sitio. Nos remontamos a principios del siglo XX, que tampoco hace tanto tiempo. El entorno de Samil, se lo imaginarán, era sensiblemente diferente al de hoy desde el punto de vista ecológico. Solo diremos que su ecosistema dunar llegaba hasta Navia y el Lagares desembocaba en una inmensa marisma abierta formando un delta de arenas y corrientes variables. Pero, aunque bonito, era un entorno hostil, azotado por temporales y sequías y sobre una base de arena inestable.

Cuesta imaginarlo, pero nadie quería vivir allí. De hecho, solo existía un poblado chabolista ocupado por mariñeiros y personas de rentas bajas. Ni una triste carretera llegaba hasta allí. La ciudadanía viguesa prefería las playas urbanas, más accesibles y domesticadas como las de Picacho, Coia, Guixar y Areal (hoy todas desaparecidas). Samil era naturaleza salvaje y un gueto social. Aquello había que atajarlo y a ello se puso en los 70 el alcalde Portanet espoleado por algún avispado empresario. El urbanismo desbocado de la triple C (cemento, cemento y cemento) acudió a la llamada de la modernidad playera y cual jinetes del Apocalipsis llegaron a su grupa el gran hotel, las carreteras, tranvía, chalés, edificios (incluso existía una propuesta descartada de Antonio Palacios para montar rascacielos de entonces en plan Benidorm), restaurantes, hoteles, aparcamientos, parques, piscinas y dotaciones y servicios de todo tipo para una afluencia ya masiva de personas que querían sol y playa y volver a la naturaleza, pero no caminando. Como en el ejemplo de pretender curar un coma etílico a base de lingotazos de whisky, entramos en la espiral: más infraestructuras atraían a más gente que demandaba más infraestructuras y así hasta el infinito y más allá.

No podemos dejar de mencionar que en aquellos tiempos, a caballo entre los años 60 y 70 del siglo pasado, existían algunas voces críticas, acusados de diletantes opuestos al progreso y la modernidad (hoy se denominarían antivigo). Como epítome de estos cavernícolas se incluían nombres como Valentín Paz-Andrade, Álvarez Blázquez y Eduardo Blanco Amor. Su osadía llegó al punto de lanzar un manifiesto en contra de estos proyectos y en defensa de conservar la naturaleza en Samil: «Basta contemplar la mole de cemento… para calcular las consecuencias tan dañosas como irreparables», decían. Podemos verificar que no tuvieron mucho éxito. De esta forma, sin darnos cuenta y a velocidad vertiginosa, nos cargamos el paraíso sin ser conscientes de que tardaríamos en darnos cuenta, como Proust, de que nada es un tesoro hasta que se pierde.