Los cormoranes recorren a diario el trayecto entre las Cíes y el fondo de la ría
30 mar 2021 . Actualizado a las 02:17 h.En el mundillo de la conservación de la naturaleza, sección «pajaritología», una de las imágenes icónicas durante mucho tiempo fueron las conocidas como las pajareras de Doñana. Se trata de los grandes alcornoques, sobreiras para las amistades, que sirven como zona de refugio y nidificación para muchas especies de aves zancudas. La imagen de esos árboles llenos de cigüeñas, garcetas, garzas, espátulas etc.. fue durante muchos años la imagen emblemática de nuestro primer parque nacional estatal.
Siendo odiosas las comparaciones, hoy queremos contarles que en la ría de Vigo también tenemos nuestra particular pajarera. Pongamos la cosa en su contexto: si se fijan al amanecer y al atardecer el trasiego de corvos mariños, los simpáticos cormoranes moñudos (phalacrocorax aristotelis, que tiene tela el nombre científico) a lo largo de la ría es constante y ya se imaginarán que son los protagonistas de nuestra historia.
El caso es que estos desplazamientos tienen un rumbo determinado que obedece a sus hábitos de alimentación y refugio. Por resumir, cada mañana tempranito los corvos mariños salen de las islas, en nuestro caso de Cíes, donde pasan la noche, hacia el interior de la ría, donde aprovechando sus aguas someras se dedican a pescar y a hacer sus cosas de corvos mariños. Al ponerse el sol, hacen el viaje de regreso, volando hacia la entrada de la ría para pasar la noche en los acantilados de las islas, que viene siendo su hábitat natural de cría y refugio.
El caso es que un grupito de nuestros amigos hacen el viaje inverso y, al anochecer, se internan hasta la misma cabecera de la ría, a la desembocadura del río Verdugo ante, suponemos, la incomprensión de sus congéneres que se preguntarán al cruzarse con ellos ¿pero a dónde van esos a estas horas?
La explicación está en un pequeño islote artificial junto a la vieja fábrica de Pontesa y que en rigor marcaría el punto más oriental de la ría de Vigo. En este islote, formado fundamentalmente por materiales del relleno, que en su día se realizó para instalar aquella fábrica de cerámica, fueron creciendo poco a poco pinos y eucaliptos que, dejados allí a su suerte, alcanzaron un tamaño respetable, y aquí empieza lo curioso y un tanto sorprendente.
Desconocemos cuál fue el primer cormorán que decidió quedarse a pasar la noche en ese lugar, posado en la rama de un pino, y cuál pudo ser el motivo. Piensen que la cosa no es tan sencilla como parece. Nuestros primos son aves palmípedas y sus patas, muy eficientes para nadar y bucear, son en cambio un mal diseño para posarse en una rama, por eso buscan una superficie plana como posadero. El caso es que nuestro pionero equilibrista se asentó allí y, poco a poco, ese islote acabó convertido en un muy notable dormidero para al menos un par de docenas de cormoranes, que teniendo en cuenta el grave declive de sus poblaciones, es un número muy estimable.
No conocemos ningún caso similar en nuestro entorno, por lo que lo de este islote bien podría ser digno de estudio. Cuando hablamos de especies protegidas y amenazadas siempre cuidamos mucho no aportar nunca datos concretos de su ubicación, pero, en este caso, lo inaccesible de ese dormidero en altura (y su vigilancia constante por parte del vecindario de Arcade) nos permite la excepción. Volviendo a las pajareras de Doñana, actualmente existe un problema de conservación: la nidificación masiva de las aves está provocando daños severos en los alcornoques, y ambas especies son vitales para el ecosistema. También los cormoranes afectan a los pinos (y alguna queja hemos escuchado sobre eso) pero pensemos que en este caso algo juega a favor de los cormoranes en el balance ecológico: un islote artificial con una vegetación arbórea de pinos y eucaliptos, también repoblados artificialmente, es una afección ambientalmente aceptable frente a los beneficios de este refugio para una especie en situación tan vulnerable.