La leyenda de la manta y el caballo

Carlos Adán, Julia Vaquero, Julio Rodríguez y Óscar Fernández repasan la vida de Alejandro Gómez, un loco del fútbol que marcó una época en el atletismo


vigo / la voz

Un fuera de serie, una bestia, un superdotado para el atletismo. Quienes le conocen coincidir en los calificativos hacia Alejandro Gómez Cabral (Zamáns, 1967-2021), que ayer fue enterrado víctima de un tumor cerebral inoperable y que deja tres récords vigentes en el atletismo gallego: el de 10.000 metros (hizo un tiempo de 27m 39s 38c en Oslo en 1993), el de maratón (2h 97m 54s en Rotterdam en 1997) y el de media maratón (1h 01m 20s en Tyneside en el 92).

Julio Rodríguez, su entrenador entre 1979 y el 2009, lo descubrió en el colegio de Valladares. «Era un niño que destacaba mucho», recuerda, pero el fútbol era la pasión de Alejandro y, aunque destacaba en las competiciones escolares, no debutó como federado hasta cadetes y después de que le convenciese su padre prometiéndole un caballo. «Le dijo que si iba a correr y entrenar se lo compraba y como hizo, se lo regaló. Ya le gustaban mucho entonces los animales».

Su debut como federado fue en Monterrei, en Ourense, y para completar el equipo cadete del San Miguel de Oia. «Era un circuito muy embarrado e incluso había que pasar un pequeño río. Quedó cuarto», recuerda el entrenador para desvelar a continuación que lo hizo sin zapatillas de clavos, corriendo con las que llevaba de casa y después de caerse un buen puñado de veces. Peculiar desde el principio, con las mismas zapatillas con las que rozó su primer podio se marchó a pasear por Ourense con sus nuevos compañeros.

Un técnico de dos décadas

Allí comenzó la leyenda que el domingo escribió última página. A partir de entonces, Julio Rodríguez le guio sus pasos durante 20 años y le hizo de taxista en multitud de ocasiones para que pudiera entrenar en Castrelos. Allí coincidía con Carlos Adán, otro de los atletas de tronío de la época con quien compartía entrenador. Adán desveló el amuleto de Gómez Cabral en aquellos primeros años. «Al principio me chocaba que Alejandro andaba siempre con una manta que le había regalado su abuelo y que llevaba a todos los lados». Tanto, que se dejó ver con ella en un Campeonato de España júnior en Madrid con 35 grados de temperatura. «Todos en manga corta y él con la manta, bien arropado. Era su amuleto». Carlos le define como «el mejor atleta de todos los tiempos con diferencia. Para mí es un orgullo y un honor haber participado en tantas carreras con él».

Gómez fue, además, una estrella precoz. A los 19 años se proclamó subcampeón del mundo júnior y en su primer año sénior ya formaba parte de la élite. Enseguida dejó de estudiar, cursaba Electrónica en el colegio San Miguel, y coincidiendo con la época de vacas gordas de la disciplina deportiva comenzó a trabajar en la tienda de New Balance, pero allí apenas duró un año. Lo fichó Adidas por una cantidad impensable para los tiempos que corren en el atletismo actual y en casi todas las carreras tenía un fijo de salida, premios al margen. Para la época, Alejandro era lo más parecido a una estrella balompédica actual.

Una fama que se sustentaba en su increíble palmarés, comenzando por el cros, su primera pasión. «Foi a 17 mundiais de cros, iso é unha animalada, só Domingos Castro foi a algún máis, e por riba fíxoo na mellor época do fondo español», recuerda Óscar Fernández, extleta, entrenador e historiador de atletismo. Los Martín Fiz, Abel Antón y compañía eran sus coetáneos. «En barro nunca coñecín a ninguén mellor, era espectacular. Era un crack, unha besta», por algo se codeaba con la armada keniata y fue capaz de entrar en dos ocasiones en el top-10 del Mundial absoluto.

En medio del cros llegaron sus éxitos en la ruta (plusmarquista español y campeón de España de maratón) y en la pista, sus mundiales y sus tres Juegos Olímpicos. En Atlanta, en su última comparecencia, coincidió con Julia Vaquero. «Recórdoo tirado na liteira co aire acondicionado», comenta la guardesa, que le define como «unha persoa auténtica, que dicía o que tiña que dicir e que ademais era moi accesible e próximo. Como atleta era un portento, tiña unha forza bestial».

Julio Rodríguez cree que su palmarés todavía pudo ser más grande dadas sus condiciones. «Hubiese sido una atleta de medalla olímpica y mundial. Tenía las condiciones para ser un gran campeón. Era un atleta con unas condiciones inmensas, un superclase», sentencia. Su extécnico considera que verse en la élite tan pronto quizás le pudo pasar factura para el resto de su carrera deportiva.

El atletismo como vía de escape

Al margen de sus éxitos deportivos, entrar en el mundo del atletismo le cambió la vida y hasta el carácter por completo. «Al principio era un chaval tímido, pero después ya comenzó a soltarse un poco», recuerda Julio Rodríguez. Vaquero y Óscar Fernández precisan que era una persona muy querida en el mundo del atletismo, especialmente en el País Vasco, por su participación en los croses más míticos y por su episodio con Diego García. «Ese tema fíxoo grande», dice Julia en alusión a la muerta del inseparable amigo de Alejandro.

Ahora el reto es mantener su legado y la Federación Galega ha dado el primer paso dándole el nombre del finado al autonómico de 10.000 metros. «Es un gran acierto porque así Alejando quedará en la memoria», dice un Carlos Adán que ve en Adrián Ben, Tariku Novales o Miguel González a sus posibles sucesores y que está convencido que las nuevas generaciones de atletas conocerán quién fue el Galgo de Zamáns.

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