Samaín


Llegó el Samaín, la gran fiesta celta que cierra la cosecha y cuya etimología gaélica significa «fin del verano». El cristianismo, con su proverbial capacidad para asimilar otras tradiciones, lo vio como una oportunidad de convertirla en su fiesta de todos los santos, que a su vez fagocitaba a todos los dioses romanos.

El punto culminante del proceso llegó en el año 608, cuando el papa Bonifacio IV le cambió el nombre al Panteón de Roma para convertirlo en la iglesia de Santa María de Todos los Mártires. Más práctico, imposible.

Pero en la periferia se siguió celebrando el Samaín. Aunque luego, como es sabido, del inglés «All Hallow’s Eve», la víspera de Todos los Santos, vino la palabra Halloween. Y erróneamente pensamos que su calabazas y disfraces son importados de los Estados Unidos. Cuando la realidad es que es una fiesta ancestral en Galicia, como demostró el investigador Rafael López Loureiro, un maestro de Cedeira que compiló en un libro las tradiciones repartidas por el país en esta noche mágica.

En Quiroga, las calabazas del Samaín se guardaban como máscaras para el Entroido. En A Illa de Arousa, los niños pedían por las puertas cambiando «truco o trato» por la frase «Unha limosniña polos defuntiños que van alá». En Ribadavia o Cedeira era costumbre disfrazarse.

¿Y en Vigo? Pues aquí se celebraba el Samaín en las parroquias. En Cabral y Lavadores, por ejemplo, abundan los testimonios que recuerdan que se ponían calabazas con velas en los «carreiros». Aún sucedía hace solo unas décadas. Así que no estamos ante una moda ni una tradición importada: esta noche también es nuestra.

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