«En el colegio ya era abogada de pleitos pobres»

Lleva el socialismo en vena; desconfiaba de los Reyes Magos porque a algunos niños no le traían nada


pontevedra / la voz

María Margarita Peregrina Adrio Taracido (Pontevedra, 1956), la senadora con el nombre más largo de la Cámara Alta, en la ciudad pontevedresa es simplemente Marica o Mariquiña Adrio. El apodo de andar por casa combina con la cercanía que transmite sentada alrededor de un café. Va vestida de rojo PSOE, con chapas incluidas en la solapa. Pero no las necesita. Porque su socialismo es de los que no precisan envoltorio. Nació en una casa donde le contaron que a un tío abuelo y a un tío suyo les fusilaron los franquistas. El más joven, hermano de su padre, tenía 26 años y ni siquiera le dejaron conocer al hijo que esperaba. Pero nació también en una casa en la que su madre y su padre -el exdiputado, concejal y humanista pontevedrés Gonzalo Adrio- le dijeron que «la única batalla que no ganaron los fascistas fue la de conseguir que les odiásemos». Así que Marica es rebelde y a la vez conciliadora. Habla pausado y, conscientemente o no, usa palabras que continuamente invitan a la concordia. Pero no se calla lo que no le gusta.

Su historia merece ser contada por el principio. Dice que fue una niña con infancia feliz, la tercera de cinco hermanas y, cree ella, quizás la más protegida por los padres. «Estuve enferma y me atropellaron también», igual fue por eso. Recuerda el colegio y los ojos se le humedecen: «En el colegio ya era abogada de pleitos pobres, o eso me llamaban. Me daban mucha rabia las injusticias. Por ejemplo, no me gustaba nada la historia de los Reyes Magos. No entendía cómo esos Reyes tan buenos no le traían cosas a los niños pobres... Me quité un peso de encima cuando supe que eran los padres», cuenta.

El paso por el instituto le marcó. Allí coincidió con jóvenes que procedían del Hogar Provincial y se dio cuenta de que era una privilegiada. «Había muchísimas chicas a las que se le daba bien estudiar y no podían hacerlo porque sus familias no tenían medios», dice. Dudó entre estudiar Medicina y Derecho y, tras una vida como abogada, aún duda de si se equivocó de carrera. Dice que le influyó que su padre fuese hombre de leyes. Y explica que tras finalizar los estudios universitarios -hizo también Criminología- se puso a trabajar con él en un despacho colectivo.

Trabajo con los reclusos

Se especializó en familia y por su despacho pasaron muchas mujeres dispuestas a divorciarse en aquellos tiempos en los que «el núcleo familiar siempre les decía que aguantasen, que no se separasen». Dice que siempre trata de comprender sin juzgar

a priori

a quienes tiene enfrente «porque las cosas siempre tienen matices» y quizás por eso, con una oenegé del colegio de abogados, es de las letradas que acude a atender a reclusos. «Cuando tratas con algún preso te das cuenta de que nació en una familia totalmente desestructurada, que su vida fue un completo infierno... y piensas qué harías tú si se tocase vivir eso. Quizás no sea tan gorda la línea que nos separa a unos de otros, quizás si tuviésemos esa vida también acabaríamos así... », reflexiona Marica.

Pese a ser una socialista vital, no fue hasta 1991 cuando dio el salto a la política. Fue concejala por el PSOE, aunque sin afiliarse, durante cuatro años. Más tarde decidió militar en el partido del puño y la rosa. Nunca dejó de ejercer la abogacía. Ni tampoco de cantar en corales, una de sus pasiones, tal y como cuenta con amplísima sonrisa. Es madre de dos hijos y no le llegan los días para agradecerle a la vida la suerte de haberlos juntado. Habla de ellos con la misma pasión con la que rescata frases memorables de su padre, de quien se acordó el 28 de abril «porque estaría totalmente emocionado».

Dice que haber salido elegida senadora por el PSOE y por Pontevedra ese día es un premio infinito. Luego, reflexiona: «Lo que no sé es si me lo merezco, no sé si estaré a la altura». Habla del día en el que tomó posesión y la emoción vuelve a su rostro. No puede ser más sincera: «Como dicen que el Senado es como un cementerio de elefantes, pensé que íbamos a ser todos mayores... y allí había mucha gente joven», dice.

Ella debía ser una jovenzuela más en la Cámara Alta. Porque cuando habla de lo que le espera en Madrid se borran de un plumazo esos 63 años que solo chivan las canas. Da la sensación de que Pedro Sánchez le ha hecho rejuvenecer y volver a aquellos ochenta en los el Felipe González al que ahora no reconoce despertaba sus inquietudes políticas. Espera estar en la comisión de Justicia. Es lo suyo. Le gustaría compatibilizarlo con su trabajo en el bufete. Porque ella, Marica Adrio, defensora del aborto, del matrimonio homosexual o de la eutanasia pero también católica convencida y de misa diaria, creyente «en un Dios humano y bueno», quiere morir con las botas de abogada puestas.

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