Casino

Eduardo Rolland
Eduardo Rolland LA BUJÍA

VIGO

Ante la próxima apertura en un casino en A Laxe, han saltado voces críticas, que alertan de que fomentará la ludopatía.

Resulta encomiable esta preocupación, si no fuese porque el problema no es el casino. Porque la gente común no se engancha al blackjack sobre un suelo de moqueta, sino a las tragaperras de los bares sobre serrín y baldosa. El drama no es el señor de esmoquin que sale desnudo dentro de un tonel. Son los pobres que vemos echando la pensión a las máquinas recreativas. Y los que viven en los bingos. Y los que se pasan los días de sol a sol en las casas de apuestas. Por no mencionar que el juego y la ludopatía la llevamos ahora mismo todos en el bolsillo, a través de nuestro móvil. No hay que ir a ningún sitio.

Y cada día son más los chavales que arruinan su vida, y la de sus familias, apostando con el teléfono mientras soportamos el bombardeo de anuncios con lemas que violan la más mínima ética publicitaria: “¡Juega, juega, juega! ¡Gana, gana, gana!”. Y donde no faltan famosos de todo pelaje, incitando al vicio.

Por eso asombra que salte ahora la alarma precisamente por el casino en A Laxe. Al que van a ir los pasajeros y tripulantes de los cruceros. Y cuatro pintureros más. Cuando el verdadero problema de la ludopatía en este país es otro. Y no se regula en un ayuntamiento. Sino en la Unión Europea, el Estado y la Xunta, con su Lei do Xogo de Galicia, una antigualla del siglo XX que se ha quedado en la época del chinchimoni. Pero hay muchos intereses creados en esto. Demasiados, para rasgarse las vestiduras ahora por un casino y no ir al verdadero fondo del asunto.