Un parque nacional fallido

La falta de planificación medioambiental contrasta con la apuesta por el turismo


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El objetivo básico de todo parque nacional es asegurar la conservación de sus valores naturales. Se trata, pues, de una figura de protección que lleva aparejado un régimen jurídico especial al objeto de asegurar esa conservación. Es su definición oficial, por si no fuera obvio, conservar la naturaleza es el objetivo prioritario de un espacio natural protegido. Partiendo de esta base, las Illas Atlánticas en general, y Cíes en particular, son el ejemplo de un fracaso, un parque nacional fallido. Permitan que lo argumentemos.

Siendo parque natural, la salamandra se extinguió en la isla del Faro. Solamente sobrevive ya en San Martiño, pero los eucaliptos y las ratas están diezmando su última población insular sin que se haga nada por evitarlo.

El parque nacional decide a buenas horas empezar a talar eucaliptos en Faro y Monteagudo (es necesario hacerlo), pero no donde es extremadamente urgente. Sin dejar de ser grave, la extinción inminente del último anfibio de las Cíes es el indicador de un problema más serio: careciendo de vigilancia, seguimiento y control. A efectos prácticos la isla de San Martiño está abandonada a su suerte. Aún así tampoco es lo más grave que un tercio de las islas Cíes se encuentre en esa situación; en realidad solamente representan el 15% del espacio protegido.

El principal problema, nunca mejor dicho, es de fondo. Con un 85 % de superficie marítima protegida no existe ni una sola zona de reserva, no existe control ni vigilancia específica alguna, y de esta forma seguimos contemplando la recogida de mejilla para los polígonos de bateas que modifica visiblemente las comunidades bentónicas, trasmallos generalizados, furtivismo y, por si fuera poco, sin un diagnóstico exhaustivo de la situación poblacional de los stocks pesqueros el parque nacional autoriza en Cíes nuevos planes experimentales de explotación, como la pesca con can.

Cormorán moñudo

Lejos de reducirse la presión pesquera en el entono de Cíes, sigue aumentando, y eso conlleva otras víctimas inocentes. De toda la biodiversidad posible el parque nacional decidió convertir en emblemático al cormorán moñudo. Su imagen está presente en la práctica totalidad de sus materiales divulgativos. Podríamos pensar que consecuentemente a su elección como símbolo se trata de una especie singularmente protegida, pero la realidad es bien distinta. Recién declarado el parque nacional existían en Cíes (año 2004) un total de 1.029 parejas de cormorán moñudo. En el año 2015 solamente quedaban 183 parejas. Ante este dramático declive poblacional (sabemos que los datos de 2017 son peores) el parque nacional puede empezar a buscar otra imagen.

No es una exageración alertar sobre el riesgo inminente de extinción de especies en las Cíes siendo parque nacional. Ya lo hemos vivido. La zostera marina ya se extinguió del lago dos Nenos, y con la desaparición de esta pradera submarina se fueron sus especies asociadas. El paso siguiente será la desaparición del propio lago, que se está colmatando y perdiendo profundidad de manera vertiginosa. De seguir esta progresión, en menos de una década, el lago de Cíes se convertirá en una charca intermareal. Cuando hablamos de ocho mil personas diarias en las Cíes conviene recordar que en ese lago vierten sus aguas residuales unas depuradoras dimensionadas para un tercio de esa población. Que el ecosistema dunar de Muxieiro, Nosa Señora y Figueiras (zonas teóricamente de reserva) sean una letrina de campo los fines de semana es otro daño colateral.

Fuente de energía dudosa

Mientras todo esto sucede seguimos promocionando las Cíes como simple producto turístico, pintando de verde la realidad. Ponemos a disposición de los visitantes puntos de recarga para teléfonos móviles alimentados por energía solar, mientras la principal fuente de energía de las islas son los generadores diésel, la energía más cara, sucia, ruidosa y contaminante. Mientras el parque reduce sus puestos de trabajo ponemos a miles de voluntarios haciendo repoblaciones forestales en la peor época del año (que no sobrevivan es irrelevante), o bien erradicando especies invasoras sin planificación, seguimiento ni dirección clara (las acciones de voluntariado destinadas a erradicar la margarita africana se saldaron en la práctica con el incremento de su expansión).

Siendo muy grave y reiterado, ojalá el exceso de visitantes estivales fuera su principal problema. Lo dramático es que se nos mueren, ante nuestras narices, y justamente de esto, lo fundamental, es de lo que menos se habla, lo que menos importa. ¿Qué propondrá el plan de uso y gestión para revertir esta situación? O se consigue, o Cíes y el resto de archipiélagos deberían perder la categoría de parque nacional. Si de verdad amamos las Cíes esto es lo que debería ocupar nuestro tiempo y esfuerzo.

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