L a procesión del Cristo de la Victoria siempre deja una aparente contradicción entre la devoción y la figuración. El fervor popular que ha mantenido esta manifestación religiosa, y que el domingo quedó muy patente en algunas calles de la ciudad, choca frontalmente con ciertas poses más pendientes de fomentar determinada imagen personal. La organización de esta procesión provoca un enorme desgaste anualmente a los miembros de la hermandad, siempre con la finalidad de perpetuar una muestra de fe en la doctrina cristiana, esa misma que ensalza el perdón, la humildad y la caridad.
Por eso resulta chocante la exhibición el primer domingo de agosto. Y los vigueses lo saben desde hace más de doscientos años. Porque acuden al Cristo desde hace siglos. Desde mediados del siglo XVIII, las principales celebraciones religiosas de los vigueses eran la Candelaria, Semana Santa, Corpus, la Asunción y la Concepción. No había un día dedicado al Cristo de la Victoria, nombre que como es sabido no viene de la Reconquista. Sin embargo, todas aquellas celebraciones tenían como principal protagonista esta talla cuyo origen sigue sin estar muy claro. Es lógico el protagonismo ya que se trata de la representación de Jesucristo.
Los vigueses, sin embargo, quisieron darle todo el protagonismo a partir de 1810, cuando la procesión -o las procesiones, porque salía por la mañana y por la tarde- ya pretendía agradecer a Jesús su favor durante la Reconquista. Fueron la pasión y las creencias de los vigueses los pilares de esta manifestación, no los chaqués, ni las peinetas ni las ganas de aparentar.