Antonio e Irene crecieron viendo competir a su padre. Hoy comparten con él la pasión por el triatlón
17 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Serrat es un apellido que cada vez suena más fuerte en el mundo del triatlón. Antonio (Vigo, 1995) es quien lo ha conseguido. El deportista -que ayer ganó en el Triatlón do Miño- es un habitual de las competiciones nacionales e internacionales. Su orgullosa familia le acompaña siempre que puede. Son sus mayores fans y, como dice su padre «sus mayores patrocinadores». Pero el triatleta no es el único deportista en casa. Su hermana Irene (Vigo, 1996) ha llegado a competir a nivel nacional, aunque prefirió no tomar el camino profesional.
Ambos se mueven como pez en el agua en el mundo del triatlón, y no es casualidad. Fue su padre, Antonio, quien se aficionó al deporte ya antes de que sus hijos nacieran. «Me inicié hace más de 20 años. Yo no era deportista, pero empecé a entrenar por salud. Era divertido tener un objetivo porque te ayuda a ser constante, así que comencé a apuntarme a carreras de la zona».
Entre el público siempre se encontraban los pequeños Antonio e Irene, que miraban atentos a su padre: «Ellos se pensaban que yo era el que más corría, y ¡claro que lo era, los demás completaban la carrera en una hora y yo en una hora y media!», exclama Antonio entre carcajadas.
Aquellas competiciones calaron en los hijos, que, como describe el padre, «en casa jugaban al triatlón. Nadaban por el pasillo y simulaban que el sofá era una bicicleta». Decididos a «ser como papá», los niños empezaron a practicar atletismo y poco después se iniciaron en triatlón. «Entramos por jugar» comenta el mayor de los hermanos, «nos lo pasábamos muy bien». Sin embargo, Antonio hijo comenzó a destacar muy pronto. «Los clubes se lo rifaban e Irene y yo íbamos con él a todas partes», recuerda su padre.
Agenda y valores
Lo que empezó como un juego fue cobrando protagonismo en la vida de la familia: «Íbamos a correr y a nadar con nuestro padre, y empezamos a apuntarnos a competiciones juntos», explica Irene. Su padre está encantado de que sus hijos compartan su pasión: «Es una relación muy bonita poder entrenar juntos», y añade, «cuando planeamos las vacaciones tenemos en cuenta los campeonatos en los que podríamos participar».
Y es que el triatlón siempre ha sido un a actividad lúdica para los Serrat. «Nuestro padre nos enseñó a disfrutar del deporte, y que si puedes hacer buenos resultados, adelante, pero insistía en que nunca nos agobiásemos por ello. Si no lo haces porque te gusta, los sacrificios no merecen la pena», explica Antonio hijo, que, siguiendo el consejo, se divertía sin preocuparse por ganar.
No obstante, lo hacía. Sus resultados llamaron la atención del Centro de Tecnificación de Pontevedra, y le ofrecieron una plaza. «Antes de que me seleccionaran, para mí el deporte era un pasatiempo, me encantaba aunque no me lo tomaba muy en serio, pero cuando me ofrecieron entrar no pude decir que no, era una gran oportunidad». Ahora el triatlón ocupa la gran mayoría de su tiempo, aunque sin dejar de lado sus estudios
El deportista quiere continuar en el triatlón toda la vida, «al nivel que sea». Y es que el deporte ha marcado a la familia, que destaca los valores que conlleva: «Nuestro padre nos inspiró a meternos en un mundo que te enseña a esforzarte por lograr tus metas, a respetar a tus oponentes, a trabajar en equipo y a llevar un estilo de vida saludable», dice Irene, «y eso es útil para todo en la vida». Antonio padre no podría estar más orgulloso de ver como sus hijos continúan la carrera que él comenzó.