El guiño de Jonás

Cuando su hijo de 18 años murió, Mari donó todos sus órganos. Sus córneas se trasplantaron en Vigo. «A lo mejor me cruzo con alguien que me mira con sus ojos»

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Testimonio en Vigo de la madre de un donante de órganos Mari, cuyo hijo murió joven y dio todos sus órganos, anima a todas las familias a hacer este regalo

Vigo / la voz

Todos callan cuando Mari Carmen Barra Álvarez empieza a hablar. Está en una clase del colegio San Miguel, llena de adolescentes que han prestado una atención desigual a la charla de una hora que han tenido delante. Pero todos callan cuando Mari les habla de Jonás, su hijo, uno de ellos. «Ya nos había dicho que si le pasaba algo quería que se regalaran todos sus órganos, hasta el pito. Fue lo único que no pudimos donar», les cuenta. Ella sonríe. A pesar de la referencia prohibida para una clase, los adolescentes siguen callados, alguno con la boca abierta. Todo lo demás sí se donó. Hace ocho años que Jonás se murió. Tenía 18 años entonces. Su madre todavía se emociona al recordarlo.

Aunque esa emoción no parece provenir tanto de pensar en su fallecimiento como de recordar al ser humano que fue. Alegre, vitalista, generoso. Una nota de admiración puntea el discurso de Mari.

Jonás se marchó una noche a Torroña (Oia) para salir de fiesta con sus amigos. Se desplomó en el suelo. La culpa la tuvo un aneurisma cerebral. Se trata de una deformación de una arteria que se produce por una causa genética. La pared del vaso sanguíneo es más débil de lo normal y se abomba. Con el paso del tiempo, el riesgo de que se rompa es muy grande. Y no avisa. Eso fue lo que le pasó a Jonás, lo que lo dejó tirado en una noche de fiesta.

Así acabó en la uci del Hospital Meixoeiro. Fueron días intensos. Sus amigos pasaban por la uci. «Venían a despedirse», dice Mari. La clase sigue en silencio. Para ella, fueron momentos muy especiales. Hablaba con su hijo siempre que podía. Hay algo dentro de ella que le hace estar segura de que, a pesar de que Jonás estaba en coma, su hijo la escuchaba.

«Se murió como las buenas personas: a la hora a la que nacen», revela Mari. El hecho de la muerte siempre es complicado para los allegados. Pero en los hospitales saltan las alarmas, porque hay profesionales que tienen que encargarse de acercarse con delicadeza a ellos y hablarles de la donación de órganos. Son momentos en los que la delicadeza y la prisa libran un combate a cara de perro. Cuando el entonces coordinador de trasplantes del Meixoeiro, Luis Amador, y la jefa de la uci se acercaron con cierto desasosiego a Mari, una madre que acababa de perder a un hijo de 18 años, esta no tuvo ni una sola duda. Porque, en realidad, la decisión ya la había tomado el propio Jonás. Ella hizo lo que él quería.

Todos sus órganos salieron de Vigo y acabaron en otras personas. Es imposible saber quiénes se beneficiaron, porque la ley española impide que se revelen esos datos. Da igual: a Mari le consuela pensar que la generosidad de su hijo sirviese de algo.

Pero hay un detalle más íntimo, que cuenta a los alumnos del colegio San Miguel. Una especie de esperanza secreta. Poética. En los hospitales de Vigo no se hacen trasplantes de órganos. Pero sí que trasplantan córneas. Y Mari supo que las de su hijo se implantaron en la ciudad. «Quién sabe», apura, «a lo mejor hay alguien que se cruza conmigo por la calle y me está mirando con los ojos de Jonás». Nada va a poder reparar su pérdida, pero nunca se sabe, tal vez su hijo le haga un guiño en el momento menos pensado.

«Al morir, los órganos desaparecen»

Las charlas en los colegios son un asunto habitual desde hace años. Pretenden concienciar a los jóvenes de que un gesto puede salvar vidas. «El día que nos muramos nuestros órganos van a desaparecer», dispara Luis Amador en la charla a la que asiste La Voz. Amador era en ese momento uno de los dos coordinadores de trasplantes del Chuvi, aunque ahora la plaza está en disputa. El médico, que también es coordinador de urgencias, ha asistido a muchas charlas con el presidente de la Asociación de Donadores de Órganos de Vigo (Adrovi), Celso García, trasplantado de hígado.

Amador explica a los chavales la legislación y la mecánica de la donación de órganos. Los chicos le plantean sus dudas. Algunas son razonables y otras son simplemente curiosas. Luis Amador advierte de que no puede haber intercambio monetario. «¿Y qué más os da que alguien pague?», inquiere un chaval. «El sistema tiene que garantizar que no existen favoritismos por cuestiones económicas», le responde el médico.

Los chicos se interesan también por saber si un fumador o un consumidor de drogas pueden donar órganos -cada caso se valora, pero son obstáculos-, por el límite de la edad del donante -no existe- o por qué es anónimo el proceso. El doctor explica también que los órganos se donan cuando tres médicos -el que lleva al paciente y otros dos de los especialistas que llevan el prefijo neuro- han certificado la muerte cerebral del paciente.

«¿Se puede trasplantar dos veces un riñón?», pregunta un alumno. Amador le explica que no, porque normalmente la muerte se produce por un fallo en el órgano trasplantado. «¿Y si el riñón está trasplantado y a la persona la matan porque le dispararon en un brazo pero no tocaron el riñón?». Es una clase de adolescentes.

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