Hace ahora un año, Vigo inauguraba una nueva plaza tras demoler una edificación al principio de la calle López Mora. El espacio luce pleno de colorido y mejora la imagen de aquella esquina ruinosa durante décadas, pero tiene poco éxito entre los parroquianos.
A pesar de estar llena de bancos de piedra, casi siempre está vacía. Y tiene su lógica, porque es una plazuela gélida en sombra e insoportable cuando le pega el sol de pleno. No sirve para que, por ejemplo, los niños jueguen bajo techo cuando llueve o que los mayores tomen el aire al fresco cuando hace calor. La plaza tiene suelo de cemento y ni un solo árbol. Una jardinera con cuatro arbustos es la única vegetación que quien la diseñó consideró más que suficientes.
Las vistas al tráfico tampoco son aliciente y aunque es loable la labor de Antón Pulido, el artista que se encargó de diseñarla pensando en crear un espacio para la tertulia y el encuentro ciudadano, hasta ahora no ha concitado mayor interés en el vecindario.
Sin embargo, a menos de un kilómetro de ese lugar, hay tortas por conseguir un hueco para sentarse. Al principio de la avenida de Castelao, los mayores se rifan las mesas de piedra en las que se pasan las tardes jugando a las cartas o charlando, a pesar de que les cortaron los árboles.
Y es que una cosa es lo que uno piensa y otra es la realidad, que a veces es tozuda. Quizás aún no es tarde para darle otro toque a la nueva plaza viguesa que haga más agradable, grato y acogedor el duro hormigón sobre la que se erige.