Alberto Núñez Feijoo acaba de ser reelegido presidente del PP de Galicia por el 97,8 por ciento de los votos. Es una victoria aplastante, a la búlgara, que nada tiene de sorpresa. Salvo por el restante 2,2 %. Dos docenas de delegados votaron en blanco. Y ahí es donde encontramos la parte fascinante del asunto. En la extraña mecánica interna de la disidencia.
De una parte, asombra que nadie se atreviese a votar en contra. Entre mil delegados, siempre puede haber un error o una incapacidad mental transitoria. Pero, sobre todo, es admirable ese 2,2 por ciento de militantes que, ante una marea de optimismo, voten en blanco. Que siga existiendo gente así resulta reconfortante. Pensé lo mismo en las últimas elecciones parlamentarias en Cuba, ganadas por Raúl Castro por el 99,37 por ciento de los votos. Inmediatamente pensé en el 0,63 restante. Y conste que no comparo la esencia de unos comicios con los otros. Pero sí la originalidad de quienes votan diferente en medio de mayorías abrumadoras.
Me gusta pensar en los empleados de Inditex que declinaron participar en el flash-mob del cumpleaños de Amancio Ortega. Supongo que existieron, aunque fuese porque no saben bailar, por pudor o porque daban mal en cámara. No sabemos en qué porcentaje se borraron de la coreografía, pero imaginamos lo difícil de la decisión. Ir a contracorriente no significa tener razón. Pitágoras fue el primero en decir que la Tierra era redonda. También hubo un primero en decir que existía Zeus y que vivía en el monte Olimpo. Los disidentes pueden estar equivocados, pero provocan simpatía.