En tiempo de halcones

El vigués Fran Zabaleta retrata en su nueva novela la antesala de la revolución irmandiña


Vigo

En 1458, Galicia vivía bajo un régimen de terror. Cien años atrás, en el siglo XIV, la nobleza gallega había abrazado el bando equivocado, el de Pedro I El Cruel, en su lucha fratricida contra Enrique de Trastámara. El 23 de marzo de 1369, el aspirante al trono apuñala a su hermanastro, ayudado por un vasallo que, según la leyenda, pronuncia la frase: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Desde ese momento, comienza un siglo terrible para Galicia. La nobleza local es desposeída por el nuevo rey, Enrique II, y sustituida por familias llegadas desde Castilla, que tratan al territorio como tierra conquistada. Los vasallos son explotados con auténtico sadismo por sus nuevos señores, que imponen tributos que provocan dramáticas hambrunas. Ciudades, villas y aldeas son saqueadas, se suceden las violaciones, los incendios y, en definitiva, reina el terror. En esta época dramática, ya a mediados del siglo XV, comienza En tiempo de halcones, la nueva novela del vigués Fran Zabaleta, que acaba de editar Grijalbo. En ella se narra la rebelión de los gallegos contra su señor, el arzobispo de Compostela Rodrigo de Luna, y la constitución en 1458 de la «Hermandad de los concejos, villas y tierras de la mitra compostelana», que durante algunos años se hizo con el poder en la ciudad del Apóstol y que fue el precedente más directo de la Gran Revuelta Irmandiña que nueve años después levantó a todo un pueblo contra sus señores y consiguió expulsar del país a la nobleza. «Tendemos a pensar que las torres y castillos en Galicia en esa época servían para defender a los vasallos», explica Zabaleta, «pero la realidad es que servían para saquearlos; desde las torres, los señores salían a arrasarlo todo». La novela encierra un trabajo de documentación enorme. No en vano, el autor es licenciado en Historia y experto en la época medieval y moderna. Con ello, consigue que el lector viaje a la época, con un ambientación sorprendente hasta el último detalle sobre la vida de los gallegos de hace medio milenio. El resultado es que la novela, en algunos pasajes, infunde auténtico miedo. Llega a ser pavoroso cómo los señores tratan a sus siervos, considerados menos importantes que los cerdos, como sostiene un noble, tomando las palabras de un personaje real de la época.

El libro es coral. Los diversos protagonistas representan desde un siervo de la gleba como Estevo de Trobos al propio arzobispo Rodrigo de Luna, un ser despiadado. Conocemos a la nobleza de la época, como los Osorio y los Moscoso. Seguimos a una compañía de juglares y titiriteros. O descubrimos el paisaje humano de la Compostela de la época, desde cambistas a posaderos, y de frailes a ladrones.

Uno de los méritos de la novela, y tiene muchos, es el retrato que hace de la ciudad del Apóstol. El libro incluye un mapa que te permite identificar cada escenario, porque muchos de ellos no han cambiado. Y Zabaleta consigue que creas entrar en la propia catedral, tomarte un vino aguado en la posada del León Real o pasear por los hediondos arrabales más allá de la Porta Faxeira. También comprendemos que Santiago era, gracias al Camino, una ciudad cosmopolita, a la que llegaba gente de toda Europa. «La revuelta que narra la novela es la antesala de la Gran Revolta Irmandiña», explica el autor, «un fenómeno que solo se explica porque a Compostela llegaban las ideas más avanzadas, las del humanismo, que defendía al hombre frente a un sistema tiránico». Como dice un personaje, tomando el pensamiento de un autor de vanguardia en la época: «Dios creó a Adán y a Eva, no a un señor y a un vasallo». Acabo de terminarlo, y he disfrutado con una gran novela. Además, Fran Zabaleta nos enseña muchas cosas de la historia de Galicia que, por desgracia, desconocemos. Y nos retrata una época terrible en la que los halcones clavaban sus garras sobre las gentes.

eduardorolland@hotmail.com

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