El lobo no es sinónimo de muerte

En las Rías Baixas es una especie formalmente desaparecida desde hace medio siglo. Los últimos ejemplares se abatieron en O Morrazo

Uno de los ejemplares fotografiados por Andoni Canela y publicado en su libro Durmiendo con lobos.
Uno de los ejemplares fotografiados por Andoni Canela y publicado en su libro Durmiendo con lobos.

Una vez un lobo se murió entre mis brazos. No se puede empezar peor, pero así sucedió. Los detalles poco extraordinarios. Sencillamente trabajaba en un centro de recuperación de fauna silvestre y aunque mi responsabilidad era la parte educativa, procuraba ayudar en la atención a los pacientes. Y en eso, en ayudar en lo que podía mientras la veterinaria recomponía los desastres me encontré con un lobo recién atropellado, viejo y enorme, que llegó en las últimas.

Mi recuerdo es una mano en su pecho y la otra levantando su cabeza para que el tubo con el gas de la anestesia fluyera homogéneamente. Sentí a la vez el último latido de su corazón y su última mirada. Eso fue lo peor. Con permiso de quienes escriben y fotografían, no hay palabras ni imágenes que pueden describir la mirada de un lobo, especialmente si es la última. Se te graba a fuego.

Por esa época participé en la elaboración del Plan de Gestión del Lobo en Galicia, y aprovechando que pocas veces se juntaron tantas personas que aman y odian a los lobos, aprendimos muchas cosas. Por ejemplo que ahí siguen, permanentemente al filo de la navaja sin terminar de extinguirse, pero tampoco terminan de recuperarse, con una población fluctuante de unos 500 ejemplares dispersa por Galicia, y con una densidad tan baja que incluso en las zonas con mayor presencia, no supera los dos lobos por cada 100 kilómetros cuadrados.

Supimos que justo en nuestro entorno el lobo está formalmente desaparecido desde hace más de 50 años. Las Rías Baixas ya no son tierra de lobos. En O Morrazo se abatieron los últimos ejemplares a mediados del siglo pasado. En cambio el otro extremo de la provincia, Serra do Suído y Paradanta, cobijan la zona más esperanzadora para su supervivencia. Por lo tanto es difícil argumentar que el problema del lobo sea totalmente ecológico.

Daños

Luego, claro, están los daños que provocan al ganado y la alarma social derivada. Pero cuantificando esos daños la cantidad final no llegaría ni a un céntimo por habitante. Por hacer una extrapolación: la «humanización» de una calle viguesa o un kilómetro de AVE, cuesta más que pagar durante décadas todos los daños de nuestros lobos, por lo que, aún en plena crisis, tampoco parece sólido argumentar que el problema del lobo sea fundamentalmente económico.

Coexistencia

Quizás el problema sea la coexistencia entre lobos y personas, pero desgraciadamente para ambas especies el despoblamiento de las zonas rurales de montaña, y la reducción de la ganadería extensiva, hace que ese conflicto vaya a menos, y tampoco es tan difícil articular medidas de protección al ganado en zonas de ataques recurrentes, que no son tantas.

No parece ser la coexistencia el problema central, pero objetivamente una buena parte de la sociedad ve al lobo como un problema? ¿Y no será que para entender la complejidad del lobo olvidamos el factor cultural? Además del famoso Códice Calixtino, en la catedral de Santiago se guarda un revelador documento medieval en el que se anunciaba la concesión de la exención de asistir a misa dominical a aquellas personas que acreditasen estar matando lobos (el resto se excomulgaban).

Así empezamos a crear el poso cultural que siglos más tarde, en concreto a mediados del XX, florecía con las denominadas juntas provinciales de extinción de animales dañinos y protección a la caza. Con ese nombre ya daban miedo, y que recompensaban en el mismo Suído y Paradanta por la entrega de cada cabeza, no siempre metafórica, de lobo abatido.

Pero la historia sigue, y justo ahora, en algunas zonas de Covelo, Avión, Fornelos...., se dice que si un lobo pasa ante tu puerta es señal de que en esa casa se producirá una muerte inminente. Esa lógica cultural dicta que consecuentemente si se exterminan los lobos las expectativas de vida aumentan. La realidad es al contrario, y el muerto acaba siendo el lobo. La última vez que escuché sus aullidos, y fue una noche de invierno, más que temor sentí una infinita tristeza.

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