El barquito


El que asó la manteca tenía más luces que los que están empeñados en hacer navegar barcos por mares de hierba. Por fin va a convertirse en verdad verdadera aquella trola que cantábamos de niños sobre liebres marinas y sardinas montunas. El gobierno de Caballero se ha empeñado en plantar al Bernardo Alfageme en la rotonda de Coia y nadie va a hacerle ya cambiar de opinión.

¿Qué importa que sea -en realidad que fuera, porque ya pasaron las huestes de Atila en forma de desbrozadora- una de las rotondas de la ciudad que menos daño produce -producía- en la retina?, ¿qué importa que los vecinos digan que ese no es sitio para fondear barcos?, ¿qué importa que las criticas arrecien de norte a sur y de este a oeste?, ¿que importa que se acordara en un pleno pararse unos minutos a pensar antes de actuar?..., y sobre todo, ¿qué importa que a menos de un kilómetro haya un Museo del Mar a pie de océano donde podría atracar el buque, se le podría pertrechar conservando la esencia de los pesqueros de principios del siglo pasado, que es cuando se construyó, y servir de clase de historia para miles de escolares y de visita obligada para miles de turistas?. Salvando las distancias, algo parecido a lo que hicieron en Baiona con la Pinta. ¿Se imaginan una carabela plantada en el monte de A Groba?

Por si no fueran razones suficientes, el traslado del Bernardo Alfageme a Coia será su muerte definitiva. La rotonda será su panteón. ¿Qué sentido tiene gastarse medio millón de euros a costa de todos los vigueses en restaurarlo para, luego, dejarlo al ventestate un día y otro día hasta que las inclemencias del tiempo pasen una factura imposible de pagar, y lo que era -es- un bien patrimonial único, se convierta en un montón de chatarra? Voy avanzando el epitafio: «Aquí yacen los restos de un monumento a la cabezonería».

soledad.anton@lavoz.es

Epitafió: «Aquí yacen los restos del monumento a la cabezonería»

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