«Eligieron la Alameda para la nacionalcatolización del espacio más singular y representativo de Vigo», afirma Lucio Martínez Pereda, autor del libro Propaganda, movilización e ceremonias político-relixiosas en Vigo durante la Guerra Civil. «La plaza de Compostela acabó siendo el lugar principal para las manifestaciones, pero también se desarrollaron en el centro de Vigo; los funerales son muy representativos porque fueron presentados como los de mártires. Se hacen por los espacios más céntricos de Vigo para recuperar la externalización religiosa», añade el historiador vigués que ha estudiado las tácticas de manejo ideológico de la población por parte de las autoridades salidas del golpe de Estado de 1936 y la Iglesia.
«La Falange dictaba normas dirigidas a sus afiliados, haciéndoles obligatoria la comunión. Después, los representantes de Falange en las distintas empresas realizaban un control muy exhaustivo para que la población acudiese a estos actos. Había una celosa vigilancia de todos los participantes», añade el historiador Lucio Martínez para recordar la obligatoriedad de acudir a estas ceremonias.
Una vez concluida la guerra, los actos de conmemoración y recuerdo a los caídos en el bando franquista se realizaron, especialmente, en la iglesia de Santa María de Vigo, donde hubo una cruz de los caídos situada en la fachada del edificio. Las fechas significativas del régimen eran celebradas con actos religiosos y congregaciones donde se daban vivas a los fallecidos en combate. Es de esta época la creación de las lápidas de caídos. Las iglesias parroquiales tenían en sus muros exteriores la lista de los fallecidos en el bando vencedor de la guerra.
La ciudad de Pontevedra tuvo antes que Vigo su cruz, y hasta allí acudían las autoridades locales y también los líderes falangistas para participar en actos laudatorios del régimen franquista.
La ciudad de Vigo fue de las últimas ciudades donde se levantó un monumento de estas características. Hay suficiente documentación fotográfica que permite ver cómo incluso en la primera mitad de la década de los años setenta el alcalde de turno presidía las ceremonias ante la cruz, con algún sacerdote tan entregado a la causa que no tenía ningún rubor por elevar el brazo.
lOS SÍMBOLOS FRaNQUISTAS