La guerra con Portugal, el alza de precios y la falta de sal marcan el muy gris retrato de una villa ya amurallada que vivirá en 1702 un desastre en su ría
20 jul 2014 . Actualizado a las 15:28 h.Vamos a hacerle una foto a Vigo en 1702, el año de la batalla de Rande. Es un retrato muy gris, con una villa en crisis. Pero que, al menos, cuenta con unas murallas para su defensa que evitarán que sea saqueada por ingleses y holandeses tras el desastre naval en la ensenada de San Simón.
Porque llegamos al albor del siglo XVIII con una profunda crisis económica, después de un siglo XVII ciertamente difícil. El desabastecimiento, el alza de precios, la guerra con Portugal o la despoblación ponen a la plaza en una situación difícil al final de la centuria. A los muchos problemas, se suma la falta de sal, que pone en aprietos a la industria conservera de la sardina, la más pujante del momento. Aunque hacia 1700 se apunta una recuperación, se verá truncada por las consecuencias de la batalla de Rande.
Vigo acaba de ser fortificada. Tras sufrir un siglo atrás los ataques devastadores de Sir Francis Drake, que saqueó e incendió la población, ahora al menos existen unas murallas y una fortaleza, situada en el monte de O Castro, que permiten confiar en una mejor defensa.
Cuando la Escuadra de la Plata entra en la ría, la villa vive un período de recuperación, tras varias décadas de declive. El alza de precios, la devaluación de la moneda y el desabastecimiento de sal, que obliga incluso a amasar el pan con agua de mar, para darle algún gusto, llevan la penuria al comercio y a la industria, en especial a la de la salazón.
Además, se registra un éxodo de vecinos acaudalados hacia otras poblaciones, para eludir el pago de los impuestos, que consideran abusivos. Desde 1650, se registran emigraciones en masa, al agudizarse la guerra contra Portugal, que supone la obligación para muchos jóvenes de participar en las milicias. Durante años, los censos revelan que Vigo se encuentra bastante despoblada.
La década de 1660 es la peor. En 1666, solo quedan en la villa trescientos vecinos censados, contados solo los cabezas de familia. Además, se repiten las incursiones de tropas portuguesas en todo el valle del Fragoso.
Vigo negocia una exención de impuestos, para lo que presenta una memoria ante la Corte cuyo estudio se demora para desesperación de los regidores de la villa. Durante años, se gastan fuertes sumas de las depauperadas arcas municipales para pagar regalos a los miembros del Consejo de Hacienda. Medias finas, escabeche y otros agasajos son enviados para ganarse el favor de una corte carcomida por la burocracia y la corrupción. Pero apenas se consiguen algunas ayudas menores.
Hacia 1676, el censo de población se ha desplomado y, para agravar la situación, se toman medidas con el fin de evitar que llegue a la villa la epidemia de peste que ha asolado otras poblaciones.
El resumen de las penalidades que viven los vigueses, en la segunda mitad del siglo XVII, se recoge en una memoria que el Ayuntamiento envía al rey en 1693. En este documento, se detalla el daño que la guerra ha hecho a la villa, la crisis completa de las arcas públicas y los problemas de desabastecimiento. Las calles, nunca reparadas, son intransitables incluso a pie. El fraude y las malas cosechas extienden el hambre. Y, como colofón, se cierra el siglo con la «crisis de la sal».
Además, hay constantes levas y todos los jóvenes mayores de quince años son obligados a alistarse, bajo pena de prisión de sus padres a perpetuidad. Si los problemas fuesen pocos, los vigueses tienen también que dar alojamiento y manutención a las tropas que llegan para ser utilizadas en la guerra con Portugal. Los lusos, que llegan a tomar A Guarda, hacen incursiones sobre la ría de Vigo, la más grave de ellas en 1664, cuando las tropas vecinas atacan todo el valle del Fragoso y queman la villa de Bouzas.
Los vigueses se alimentan, básicamente, de pescado. Y los despojos de la sardina se usan para abonar los cultivos. También se consumen productos del campo, especialmente del valle do Fragoso y de A Louriña, los dos grandes graneros de la comarca, produciendo mijo, centeno y maíz. Entre las conservas, destacan los escabeches de ostras y de rodaballo, ambos muy apreciados. La gente bebe vino. El más barato es el llamado «illán», mientras que los de «toda uva», «de latas» o «de lama» son de calidad media. El mejor es ya el vino del albariño, que es también el más caro.
El comercio, pese al mal momento económico, logra desarrollarse. Prueba de la creciente importancia del puerto es que en 1676, cuando se adoptan medidas para evitar la epidemia de peste que asola el Levante español, se ordena la expulsión de todo barco que venga de lugares donde se ha detectado el brote.
El paisaje desde la villa es distinto al actual. Para empezar, todos los montes aparecen completamente pelados, tras las talas masivas tanto para consumo doméstico como para la construcción de barcos. El capitán general de Galicia autorizará, en el año 1681, la plantación de pinos en toda la comarca viguesa, buscando una especie de rápido crecimiento en contraste con los robles propios de la zona. Un documento de 1695, afirma que en Vigo solo hay 290 robles viejos y otros 224 nuevos, una cifra exigua para la extensión del municipio.
Es una instantánea de Vigo en el tránsito del siglo XVII al XVIII, cuando la batalla de Rande. Muchas más historias de esa época no salen en la foto, porque el encuadre de esta página nos impide dar más datos. Pero es un retrato de cómo éramos en la época en que un desastre naval prendió nuestro mar en llamas en 1702.