De vez en cuando todos escuchamos noticias sobre escapadas de adolescentes que se han marchado de sus casas. El hecho no suele considerarse singular, aunque sí constituye una fuente de angustia y preocupación para las familias cuando estas desconocen su paradero. El análisis de las motivaciones de los adolescentes suele mostrar que son decisiones impulsivas que se basan en una valoración optimista de las posibilidades de vivir por su cuenta, o de compartir una vida de pareja lejos de la familia. La impulsividad es una característica típica de esta edad, que se combina con un conocimiento insuficiente de la realidad y unas necesidades psicológicas de afirmación y construcción de la identidad personal que dan lugar al sentido de omnisciencia que subyace en estas decisiones. Además, estos acontecimientos no se circunscriben a la actual generación joven, ya que en otras épocas históricas solía darse en situaciones donde las familias se oponían al matrimonio de algunos jóvenes, por razones diversas como la diferencia de estatus o de situación económica. Hoy las motivaciones han cambiado pero siguen basándose muchas veces en la dificultad percibida de mantener una relación sexual o de pareja cerca de los entornos familiares.
Las previsiones legales sobre la edad mínima para consentir relaciones sexuales han dado lugar a debates en muchos países europeos, que varían en los límites establecidos, de los 14 años en Italia, a los 18 en Francia. El reciente debate en España sobre subir la edad mínima de los 13 años a los 16 ha dado respuesta a la preocupación social por la protección de los niños, y a las demandas de organismos internacionales como la Unión Europea y la ONU para modificar una normativa que se consideraba demasiado permisiva. Diferentes espacios históricos y culturales dan lugar a procesos de maduración psicológica que tienen ritmos diferentes en función de las reglas sociales que marcan las distintas fases de la socialización. La incorporación tardía al mercado laboral, los años prolongados de educación, y el retrasar la edad de la convivencia en pareja a nivel social han dado lugar a procesos más lentos de maduración psicológica que modifican la edad en la cual podemos considerar que un joven es capaz de consentimiento para mantener relaciones sexuales. Aunque se pueda argumentar que físicamente estemos preparados con 13 años, psicológicamente no estamos listos para comprender las consecuencias vitales y el impacto de estas decisiones en nuestras vidas. Esto se agudiza cuando hablamos de relaciones sexuales mantenidas entre un menor y una persona adulta. Y aunque estas situaciones puede ser muy claras a nivel legal y social, las previsiones legales tienen que contemplar situaciones menos claras como las relaciones entre menores de edades parecidas que incluyan personas que están por debajo de la edad legal para el consentimiento.
En estos casos, entramos en el terreno de los matices, ya que a veces es complicado balancear el derecho a la vida privada de los adolescentes, que incluye las relaciones sexuales consentidas, con la obligación de la sociedad de proteger a los niños. Las previsiones legales no pueden ser otra cosa que el resultado de un debate y un consenso social fruto de una época histórica y cultural determinada. Sin embargo, también es razonable dejar fuera los casos donde los protagonistas tienen edades cercanas y permitir el análisis personalizado de casos dispares.
Evitar decisiones impulsivas con consecuencias negativas como abandonar la escuela o marcharse de casa sin avisar es posible si las familias mantienen un buen sistema de comunicación con sus menores y un equilibrio entre las normas a seguir y la flexibilidad necesaria para acomodar los deseos y decisiones juveniles. Una buena educación sexual y emocional también ayuda, así como el fomento de la capacidad personal para tomar decisiones responsables. Sin una educación adecuada y un buen autoconocimiento, el consentimiento no puede ser válido.