Vigo es una de esas ciudades donde la sensación de perderlo todo te puede sobrevenir a diario. Pero no es una sensación. No es un estado de ánimo. No es la consecuencia de haber dejado pasar las oportunidades por delante de la puerta hasta que ya no queda ninguna. No. Es otra cosa. Es algo mucho más prosaico. Y la culpa la tiene Vitrasa. Ellos tienen un problema, desconocen la cadencia o distribución armónica de sus efectivos y, como consecuencia, los vigueses tienen tendencia a perder el bus por una cuestión de (muy mala) organización.
No tiene sentido que todos los autobuses de esta compañía, cuyos itinerarios coinciden a menudo en numerosos tramos, pasen a la vez como si les diera miedo estar solos o hicieran carreras para pillarse unos a otros. La escena suelen ser algo así: llegas a la parada y, si ves que no hay nadie, tiembla, porque eso indica que los cuatro o cinco buses que paran allí, acaban de irse. ¿Todos juntos? Sí, claro. Así es en Vigo. Por razones difíciles de entender, aunque aparentemente lleguen a cuentagotas, al final se juntan varios mamotretos verdes amilanando a los conductores que se tienen que apartar para dejarles paso sí o sí. El indicador luminoso que ofrece al usuario información aproximada sobre la hora de llegada solo sirve para entretenerse durante la espera. Puedes leer: «C-3, 12 minutos», y un minuto más tarde te cuenta que ahora son 15 y un poco después que en 17 minutos llega. Hay más movimiento de cifras que en la bolsa de Nueva York. Total, que echas a andar porque ya no te crees nada. Pero, ¡ah!, amigo, has cometido un error garrafal. Ese es el momento que más le gusta al Vitrasa para pasar delante de tus narices, cuando ya has iniciado la marcha y no hay forma humana de alcanzarlo ni corriendo como Forrest Gump. ¿O es que a usted no le ocurre?
begona.sotelino@lavoz.es