A los ciudadanos no se les puede pedir civismo cuando no tienen educación. Cuando ves que hay gente que sigue tirando la bolsa de la basura en las papeleras te preguntas si es que no lo sabe o se hace el tonto. No es posible que a estas alturas todavía haya gente que no sea capaz de andar unos pasos cargando con sus desperdicios hasta el contenedor y prefiera, en cambio, hacer números para conseguir meter un enorme saco por una boca enana dejando tras la batalla un rastro de mondas de naranja y peladuras de patata, por no mencionar otros elementos más desagradables. En ciudades supuestamente más civilizadas, como Nueva York, los residentes no tienen contenedores. Aquí sí los tenemos. Y nuestro dineral nos cuesta, pero cuando contemplas escenas así parece que mejor sería ir con el cubo cada noche y volcarlo en una montaña de desechos. No nos lo merecemos. Ni nosotros, ni los trabajadores que se ocupan del asunto. Hay seres a los que les cuesta aprender. No han visto los capítulos fundamentales de Barrio Sésamo, por eso no tienen claro el concepto: dentro/fuera. También se perdieron las lecciones magistrales de Coco ilustrando a los televidentes en el mundo de los colores, por eso los contenedores de reciclaje son la Universidad del Mundo Desperdicio. Los ayuntamientos y las empresas se pasan las legislaturas y los millones de euros contándonos en costosas campañas que el amarillo es para el plástico y el azul para el cartón. Pues como si nada, chico. Tú bajas a la calle y si te fijas, puedes comprobar gente observando con cara de besugo una bandeja de poliespán que acaba en el recipiente azul. O vecinos que lo mezclan todo y lo ponen en una bolsa apoyada en la acera, a la espera de que sus reciclables les crezcan patas y se metan ellos solos donde les corresponda. Es una opción.
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