Cuando empezó la crisis empezamos a ver, con cierta incredulidad, cómo paulatinamente se iban perdiendo costumbres que creíamos que eran para toda la vida. En los inicios de la recesión económica casi todo el mundo pensaba que era «problema de otros», pero comenzaron los recortes a llegar por todas partes, incluso a cosas tan nimias que precisamente por eso, resultaban sorprendentes. Un ejemplo. Las postales de Navidad, las de toda la vida, las de papel, dejaron de llegar a los buzones. Hubo quien pensó que la pérdida de esa costumbre nada tenía que ver con la necesidad de ahorrar en detalles prescindibles. La mayoría arguyó que era una tradición que la lógica contemporánea había hecho caer por su propio peso. En su sustitución llegaron decenas de emails (a coste cero e imaginación nula), felicitando las fiestas al tiempo que conseguían bloquear las cuentas de correo de todo el planeta.
Pero este año, las postales han vuelto a asomar el sobre tímidamente en las casas y en las empresas. Hay quien quiere ver en este pequeño detalle una recuperación de la economía, un resurgir de la maquinaria para crear riqueza que nos devolverá a donde estábamos.
Otros, más nostálgicos, lo interpretan como un repunte de las rutinas de la vieja escuela. Mientras todo esto pasaba, por el medio, los niños de la generación de las tabletas se lo han perdido, como los abuelos se han perdido intentando entender un teléfono móvil inteligente que no es tan listo como parece. Los chavales ven una carta y no saben dónde tienen que escribir su nombre y dónde el de la persona a la que quieren remitir su misiva.
Los sellos les son tan ajenos como las telefonistas que te preguntaban si aceptabas una llamada a cobro revertido. Y los buzones son unas cosas amarillas que adornan las calles...
begona.sotelino@lavoz.es