Comerciantes y vecinos de la zona cercana a la sede de Novagalicia Banco reconocen el derecho de los preferentitas al cabreo, pero se quejan del ruido constante de las protestas
01 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Los afectados por las preferentes siguen dando guerra. Pero no solo se la dan a NCG Banco y a las administraciones públicas, sino también a los negocios y vecinos del centro de Vigo, que se están viendo afectados por sus protestas. Todos coinciden en señalar que los preferentistas tienen todo el derecho a quejarse de la situación en la que se encuentran y que deben ejercer tal derecho, pero muchos de ellos consideran que las concentraciones que protagonizan en el centro de la ciudad tienen consecuencias negativas para ellos.
Un grupo de trabajadores que se muestra particularmente explícito sobre el tema es el de los locales que se encuentran en los aledaños de la sede central de NCG Banco, en García Barbón. Una de las afectadas es Gabriela Martínez, dueña de la cafetería Moka, situada en la calle Policarpo Sanz. Ella se queja de que, en muchas ocasiones, los clientes evitan quedarse a tomar un café en su establecimiento y, en lugar de acudir a su cafetería, «se van a otra parte», explica, en la que no se dejen oír los ruidos que ocasionan los las personas cuyos ahorros están atrapados. Gabriela entiende que son legítimas sus protestas, pero considera que «hay otras formas de exigir sus derechos».
No es la única que está teniendo problemas con este asunto. Otro hostelero, que prefiere no mezclar el nombre de su negocio con la polémica, asegura que el ruido que provocan «a nivel personal, satura y crispa» y además, «vienen menos clientes».
El negocio de la hostelería no es el único que tiene que pagar las consecuencias de las protestas preferentistas. Noelia Guisande trabaja en la tienda de moda infantil Zerinno. Explica que suelen tener las puertas del comercio abiertas para facilitar la entrada a los clientes. Sin embargo, esto también hace más fácil que se cuele el ruido que generan los manifestantes. «Me fastidia porque es un ruido terrible -explica-, pero los entiendo».
Una situación similar se puede encontrar en La Casita del Té, una tienda ubicada en la calle Rosalía de Castro. «Creo que tienen que protestar», se solidariza su dueña, Victoria Álvarez, pero también asegura que «el bum bum de todos los días te deja la cabeza y los oídos destrozados». También nota que «los clientes evitan pasar por aquí» y caminar por otras calles de la ciudad más alejadas del ruido.
Sin embargo no son solo los negociantes los que observan la parte negativa de las protestas. También los vecinos de la zona se ven afectados por los pitidos y los gritos de protesta de los manifestantes. Uno de ellos es Andrew Salter. Vive en un octavo piso de la calle Areal y asegura que «se escucha claramente el ruido durante todo el día, aunque tampoco llega a ser algo ensordecedor o que produzca desasosiego». Andrew opina que «deberían seguir reclamando sus derechos, pero probablemente sería buena idea buscar nuevas formas de protesta. Esto es como el espantapájaros que las aves aprenden a reconocer y ya no asusta. Una vez que los ciudadanos en general se acostumbran a la presencia de unos manifestantes, por válidas que sean sus reivindicaciones, la visibilidad se reduce».
A pesar de todo, también hay vigueses que toleran el eco de los preferentistas. Isolino Piñeiro, que es portero de un edificio de la calle Marqués de Valladares, asegura que algunos vecinos sí comentan que el ruido es molesto pero que, en general, se vive un ambiente de normalidad. Una opinión más comprensiva con los manifestantes la tiene Yolanda Núñez, que considera que «hacen ruido, sí, pero deberían hacer más».
Defienden sus protestas
Con quejas de los vecinos o sin ella, los protagonistas de la protesta se defienden. Enrique Pino, uno de los que han perdido sus ahorros, sostiene que «estamos pidiendo nuestro dinero, nada más». Además, recuerda que «no hay justicia y tenemos que tomar medidas por nuestra cuenta». En la misma línea se mueve Olga García, otra preferentista que suele manifestarse frente a la sede de NCG Banco: «A nosotros nos está creando problemas psicológicos, vamos a acabar todos locos», se lamenta. Pero cree que deben seguir protestando porque «no estamos aquí robando, estamos pidiendo lo que es nuestro». ¿Su intención? No parar hasta que les devuelvan todo su dinero.