La verdad es que no tiene mucho sentido que se pueda transitar con los coches en los pulmones de la ciudad. Pero somos animales de costumbres y cuesta mucho decirle a un vigués que tiene para llegar arriba, tiene que ir andando. Sin piolets. Sin bombona de oxígeno. Y sin ser Chus Lago, que por eso trabaja ahora en el Concello de Vigo, que sube a la última planta en un pis-pas, pasando del ascensor, si quisiera.
No es por nada, no es ni por vagancia, es porque en Vigo estamos muy hartos de cansarnos el doble que un ciudadano de una ciudad normal para hacer lo mismo. Tú ponte en la explanada del Náutico. Te llaman para tomar algo. Quedas en plaza de España y cuando llegas en vez de tomarte algo casi te dan más ganas de meterte en el Xeral por una crisis de agotamiento.
Pero tampoco es de recibo que, teniendo tan pocos espacios verdes en un perímetro urbano, además, saturado de tráfico y de ruidos, llevemos tanto tiempo sin darnos cuenta de que no tiene sentido que tanto en O Castro como en Castrelos pueda uno aparcar lo que se dice en el mismísimo corazón de ambos parques. Ir andando tampoco es una solución muy práctica. Lo que cae de cajón es un servicio frecuente y barato a cargo de la empresa que se ocupa en Vigo del transporte público. Lo que ya sería de película es que para hacernos las caminatas menos penosas, hubiera algún ascensor, como en Oporto, o escaleras mecánicas, como en tantas ciudades de ortografía puñetera.
Es lógico que a los funcionarios del Concello no les guste nada que en un futuro (que se atisba muy, muy lejano), les quiten el aparcamiento gratuito que tienen en las laderas de O Castro. En su perímetro, tampoco molestan tanto los coches. Lo ridículo es que no se limite la circulación a través del monte.
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