«Me llamo Omar y soy adicto»

e.v.pita VIGO / LA VOZ

VIGO

Visitantes y adictos charlan ayer en el grupo Buena Esperanza en los Padres Capuchinos.
Visitantes y adictos charlan ayer en el grupo Buena Esperanza en los Padres Capuchinos. brais MARTÍNEZ< / span>

Narcóticos Anónimos celebró ayer sus siete años en Vigo y una docena de extoxicómanos relataron cómo seguían limpios de drogas un día más

10 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Un joven con buena presencia habla hacia 12 personas sentadas en corro en un salón de la iglesia de los padres capuchinos en Vigo. «Me llamo D., soy adicto, y esta es la primera vez que vengo a una reunión del grupo Buena Esperanza de Narcóticos Anónimos», dice. El coro irrumpe en aplausos y lo jalea: «Sigue viniendo, esto funciona». El novato estalla en sollozos de emoción. La sesión termina con un abrazo de pie en corro.

Para unos es el primer día pero otros llevan 25, 22 o 15 años en Narcóticos Anónimos y han alcanzado el grado de servidores. Organizan las actividades y convivencias del grupo Buena Esperanza de Vigo, donde no hay jerarquías, y cuentan su experiencia, en la que intercalan anécdotas, chistes y bromas.

La jornada de ayer fue emotiva porque celebraban sus siete años en Vigo, como explicó la servidora Candy. Ella vino de Argentina y salió de su adición por su hijo de cinco años. «Me dolía consumir y ver cómo mi hijo me veía. Estaba perdida y encontré esperanza, ir a las reuniones me salvó la vida», confiesa. Dos compañeros, Cris y Fabián, la apoyan. «En Argentina visité muchos psiquiatras hasta que un psicólogo me recomendó ir a un grupo de drogas, pensé que me quería despachar pero fui», relata Fabián.

Cuentan que NA nació en 1953 en California y se extendió por todo el mundo. En Vigo, la iglesia de los Capuchinos, en Vázquez Varela, 15, les brinda un salón y una oficina por una donación simbólica. En Galicia hay 4 grupos (A Coruña, Santiago, Ourense y Vigo) pero todos son bien recibidos en cualquier lugar. Los veteranos apadrinan a los nuevos para no dejarlos solos frente a las recaídas. Si van a consumir, antes deben hacer «la llamada del ahorro» a un amigo. Recomiendan eliminar el alcohol a la vez que las drogas.

«Ser adicto no te hace culpable pero sí responsable de tu recuperación», explican los servidores Candy, Fabián y Cris. Añaden que las charlas son libres y gratuitas. Ignoran cuánta gente ha pasado por el grupo de Vigo porque no llevan controles de visitas ni seguimientos de la recuperación. Van de 8 a 12 personas a cada sesión. Es donde hay más presencia femenina en Galicia, casi la mitad.

Las reuniones son compatibles con todo tipo de tratamiento para la rehabilitación. Insisten en que no hay influencia ideológica ni religiosa, ni la iglesia pone condiciones. A lo sumo, hay lecturas reconfortantes sobre un Dios que les da amor. Un fraile capuchino se suma a la sesión y confiesa que desde el púlpito no encuentra palabras para consolar y dar ánimos a los fieles vapuleados por la crisis.

Una asistente, V., lleva 22 años en reuniones de NA en Inglaterra, Holanda y España. Esta programa el cronómetro de su iPhone para que suene la alarma cuando agote sus cinco minutos de testimonio. «Conocí al padre de mi hija en una reunión de San Valentín de NA. Mi vida profesional iba fenomenal pero dejé de ir a las reuniones y me sentía fatal. Estás limpio, pero solo por hoy», dijo.

Otros se extienden más mientras beben una taza de café o un vaso de agua. Llegan de Santiago, Ourense o incluso Valladolid. Los testimonios ponen de relieve de qué agujero salieron. «Mi cabeza era como un pajarito que me contaba historias, bla, bla, bla, pero desde que vine al grupo fue como un chorro de agua, dejé de mirarme al ombligo», dice Omar [nombre ficticio]. Otro joven servidor, Manuel [nombre ficticio], de Ourense, cuenta que en las primeras reuniones la gente le parecía fea y aburrida. «Cuando yo consumía en grupo era el centro de atención, pero allí me sentaba en una esquina». Cuando los vio abrazarse pensó: «¡Pobriños, qué fastidiados están!». Iba de tapadillo a la iglesia para que ningún vecino lo reconociese. «Volví porque la otra opción era peor», dice. Otro relata: «Aquí encontré a Manuel y volví a ser aquel niño al que un día algo hizo clic en su cabeza y se sintió resentido con el mundo».

Otro asistente, C., que llega desde Santiago, comenta que su hermano gemelo también iba a las charlas pero luego salían y se daban la «última fiesta», o cuando uno dejaba las drogas, el otro recaía. «Hacía pillerías para conseguir dinero, como partes de seguro a coches, me hice un lince». Así 25 años. Ahora lleva 24 meses libre de drogas. Todos corean al unísono: «¡Enhorabuena! ¡Sigue viniendo!».

Por su parte, F., confiesa: «Recaí porque me autoengañaba, no me resignaba, no veía a nadie con suficiente categoría para ser mi padrino hasta que me volví humilde». Al final, hay abrazos y un almuerzo de confraternidad.