«Me siento como en una cárcel»

Una distrofia muscular y las escaleras de su piso mantienen encerrada a Ana María, que no tiene para un piso adaptado. Su hermano la cuida


vigo / la voz

Sueña con vivir en un piso adaptado que le permita salir de casa con la silla de ruedas. Desde hace quince años Ana María Barcia solo ve las aceras cada vez que la recoge la ambulancia para trasladarla al hospital. Ese día es casi una fiesta para ella y procura estirarlo al máximo. Al salir del centro aprovecha para tomar un café o comer con alguien antes de que vuelvan a recogerla para regresar de nuevo a casa.

Con nueve años le diagnosticaron una enfermedad neuromuscular que poco a poco cambió su vida. Desde entonces ha sido reacia a comentar su dolencia, primero en el colegio con los amigos y ahora, para contar su caso y pedir ayuda. Ha tenido que convencerla una cuidadora de barrio que conocía la dureza de su vida desde que hace quince años acabó en una silla de ruedas. Esto no sería lo peor para ella. Lo más grave es que el piso antiguo en el que reside con su hermano Jordi tiene unas escaleras tan estrechas que no le permiten acceder con la silla. «Antes, cuando pesaba menos, Jordi me bajaba al hombro, como un saco, me colgaba de él y me bajaba así la escalera, pero ahora ya no puede conmigo y, además, me ahogo si me presionan, la última vez me escurrí, quedé inconsciente y tuve que ir al hospital». Tampoco le pueden bajar a la silla de la reina, porque no hay espacio suficiente en la escalera».

En verano le gustaría ir a la playa, pero no tiene forma de trasladarse. Con bajar a la puerta de su casa ya se conformaría.

Puso todas sus esperanzas en conseguir una vivienda adaptada en Navia y transcurridos tres años desde la solicitud, en octubre del 2012, le comunicaron que no figuraba entre los agraciados con uno de los seis pisos sorteados para personas con discapacidad. En total, se habían presentado dieciocho solicitudes. Tras este desengaño estudió mil formas para adaptar la vivienda y hacerla accesible. Los intentos resultaron en vano.

Su hermano Jordi lleva más de siete años sin trabajar para dedicarse al cuidado de ella. Los dos se arreglan como pueden con la paga de Ana María y con la ayuda de Loli, la auxiliar que desde hace cuatro años y medio les ayuda durante algo más de dos horas diarias a través de le ley de dependencia. Es como de la familia y conoce bien el problema. Está convencida de que tiene que haber una solución.

Por intentarlo no ha quedado «Hace un año hicimos una solicitud para hablar con el alcalde, por si había alguna vivienda social que no tuviera un alquiler muy alto, pero aún no nos han dicho nada; también lo intentamos cuando estaba Corina Porro, nos recibieron, pero no había nada», comenta.

Lograr un piso adaptado no solo cambiaría su vida, sino también la de su hermano, que lleva siete años sin saber lo que es salir un día de marcha. Como mucho, baja a tomar un café por el barrio. Piensa que tiene que haber una forma de conseguir la libertad para su hermana, para que deje de estar en la prisión que vive desde hace años. Eso, al margen del frío que pasa en su vivienda actual, nada recomendable para la distrofia muscular que sufre, lo que hace que en inverno pase muchos días en la cama y ni si quiera beba por no ir al baño.

Cada vez que preguntan por un piso les responden que los alquileres sociales que hay son para casos de emergencia y desahucios. El suyo no parece lo suficientemente grave. La tele y el ordenador son sus dos únicos aliados.

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