Siempre ha sido el Casco Vello de Vigo un barrio de contrastes y lo sigue siendo. El empuje que ha supuesto la rehabilitación de edificios de la parte alta en los últimos años contrasta con el mal estado en que se encuentra la zona baja, llámese calle Real y O Berbés.
El aspecto de plazas como la Constitución, con soportales que se han salvado milagrosamente de la humanización indiscriminada, contrasta con el destrozo de la plaza Chao, una de las pocas empedradas que existían en la ciudad y ahora convertida en una especie de párking en el que cabe de todo.
El esfuerzo de muchos hosteleros por reciclarse y lograr situar sus cartas entre las mejores de Galicia contrasta con la actitud cutre de los que guardan todo en el peto y no se dignan en invertir un euro en el negocio. Lo mismo sucede con la atención. Los hay que se desviven por la clientela, para la que todo agasajo les parece poco. Con un simple corto de cerveza te ponen de pinchos hasta las cejas. Otros, por el contrario, no solo no se dan por aludidos, sino que atienden con un trapo gris marengo y a punto de demostrar un ataque de nervios.
Y no digamos a la hora de los precios. Como en todas partes, hay hosteleros honrados a carta cabal y hay los típicos listillos que turista que pillan turista que no sale indemne del clavo. Entre estos últimos figura alguna tasca con solera.
Ni que decir tiene que con las vistas pasa más de lo mismo. Nada que ver las que se divisan desde la parte alta del Casco Vello, en el entorno del castillo de San Sebastián, con las que se aprecian a duras penas desde el mal llamado mirador de A Pedra.
Ahora, el creciente deterioro de la plaza de la Princesa no solo pone en evidencia una vez más esos contrastes sociales de la zona, sino también los políticos. Y como siempre, unos por otros, la casa sin barrer.
mariajesus.fuente@lavoz.es
El aspecto de la Constitución contrasta con el de Chao