La calle da miedo

VIGO

Pensé que con la Semana Santa cambiaría el panorama de Vigo, se llenarían las calles de turistas portugueses deseosos de tomar copas en los locales de moda y que los leoneses dejarían de matar judíos para acercarse a esta tierra pacífica. (Que nadie se ofenda, no hay en esta costumbre instinto asesino ni racista, se trata de una denominación popular que los leoneses aplican cada vez que beben un vaso de limonada típica en esos días). También pensé que las terrazas de Vigo estarían a tope, que no tendría donde aparcar el coche, que me vería obligada a reservar la cena del sábado con dos días de antelación, que pasaría la mañana en la peluquería, que no me pondrían pincho con el vermú del mediodía porque los camareros estarían a tope y se olvidarían, que dejaría en casa el enésimo paraguas del invierno, que me encontraría con los amigos en el Casco Vello, que saldrían los escasos costaleros que se prestan a llevar los pasos de la Semana Santa viguesa, que pasearía el domingo por Bouzas, que vería la puesta de sol desde el paseo de Alfonso interrumpida por esa extraña criatura mitológica, que tomaría un mencía de Valdeorras con un ibérico de bellota y la persona adecuada. Pues no. Nada de eso ocurrió. La Semana Santa pasó sin pena ni gloria, las calles metían miedo sin un alma, las procesiones se suspendieron por la lluvia, el restaurante al que iba a cenar en Fermín Penzol cerró por descanso, los amigos se encerraron en casa, el viento dio al traste con el paraguas, los leoneses pasaron de complicarse la vida en los monumentales atascos de la A-52 por las obras del túnel de Folgoso en A Cañiza. Y de los portugueses, con la crisis y el peaje de las autovías nunca más se supo. Y si no, que se lo pregunten a los hoteleros. Menos mal que nos queda la Reconquista este fin de semana. Promete.

mariajesus.fuente@lavoz.es