Nuestros hermanos esquimales

En 1984 Vigo se hermanó con la aldea de Narsaq, en Groenlandia, nos visitó su alcaldesa con tres ediles y se nos apareció un pingüino

El exalcalde Soto enciende un puro a la alcaldesa de Narsaq, que no paró de fumar.
El exalcalde Soto enciende un puro a la alcaldesa de Narsaq, que no paró de fumar.

Vigo

En los montes de Teis hubo una vez un pingüino. Antes ya había allí tigres, leones, canguros, macacos y cebras. Básicamente, porque en los altos de esta parroquia viguesa está el parque zoológico desde 1971. Pero el exotismo de A Madroa llegó al límite con un bicho que vive a 15 grados bajo cero.

Como no era plan de meterlo en una jaula, el pobre pingüino de Teis fue confinado en un recinto circular con muro de piedra. El suelo, con baldosas y un sumidero, era regado permanentemente por un aspersor. El aspecto final del conjunto era como un plato de ducha dentro de un castro celta. Allí pasó nuestro héroe unos meses de 1983, hasta que murió asfixiado por el calor del verano.

La historia del infeliz y elegante pájaro bobo es solo una de tantas barbaridades que se han vivido en el zoo de Vigo en sus 42 años de historia. Pero viene al caso porque, en su día, se dijo ?e incluso se publicó en algún periódico- que el bicho procedía de Groenlandia. Porque la ciudad acababa de hermanarse con un pueblo de la gran isla ártica perteneciente al reino de Dinamarca. Pocos repararon en que en Groenlandia hay exactamente las mismas colonias de pingüinos que en Teis: ninguna. Estos bichos no se dan en el hemisferio norte, como los osos polares no se dan en el hemisferio sur.

La falsa nacionalidad del pingüino se le atribuyó por un viaje que el alcalde Manoel Soto hizo a Groenlandia en 1983. Y es cierto que el regidor se trajo al bicho en el avión de vuelta hasta Vigo. Pero no de allí, sino de un viaje previo a la Argentina.

Porque, en aquellos primeros ochenta, el alcalde Soto era muy viajero. Tanto, que en esa época se hizo todo cuanto hermanamiento haya tenido Vigo en su historia: Buenos Aires, Caracas o Lorient. Pero, entre ellas se cuela la más humilde aldea de esquimales perdida en el Atlántico Norte: Narsaq, un pueblo de 1.500 habitantes que hoy cuenta con un ayuntamiento, dos supermercados, una iglesia, una comisaría, un estación de bomberos, una escuela primaria, un cibercafé, un centro de salud y varias pequeñas tiendas.

¿Y qué vimos los vigueses en aquellos desiertos de hielo para hacerlos nuestros hermanos? La respuesta la tiene Manoel Soto y en su día la resumió en una palabra: peixe. Hombre de ideas, al alcalde se le ocurrió que firmar un hermanamiento con un pueblo de Groenlandia podría abrir nuevos caladeros a la flota viguesa. Y, como también era hombre de acción, con fama de apuntarse a un bombardeo, allá organizó un viaje para presentarse en el punto del mapa que juzgó más conveniente: Narsaq, una aldea a orillas del mar del Labrador.

Del periplo de ida, en 1983, apenas hay noticias. Los expedicionarios no contaron gran cosa de Narsaq, que ni siquiera era capital de su propio municipio. El pueblo depende de Kujalleq. Y 1.600 habitantes tampoco pudieron dar a la embajada de Soto grandes entretenimientos.

Pero el hermanamiento estaba hecho y faltaba el viaje de regreso. Así que, el 9 de abril de 1984, se presentó en Vigo la alcaldesa de Narsaq, Agnette Nielssen, rodeada de tres concejales, todos de etnia inuit. Las palabras de la regidora habían de traducirse a cinco idiomas. Manoel Soto hablaba gallego, un funcionario lo repetía en castellano, un intérprete lo volcaba al inglés, un concejal de Narsaq lo traducía al danés y la alcaldesa lo decía finalmente en inuit para sus ediles esquimales.

Agnette Nielssen dijo que Manoel Soto le había parecido «un hombre muy amable y muy dinámico». Y añadió una frase de antología cuando le preguntaron por las diferencias entre Vigo y Narsaq: «La principal diferencia es que allí, cuando queremos tomar un güisqui, nos sobra el hielo». En todas las fotos, la señora aparece fumándose un puro.

Berlanga habría hecho un gran guion con esta visita, que concluyó con una comida en el pazo Quiñones de León. A cuenta del Concello de Vigo, se sirvieron ostras, pulpo, empanada, camarones y chuletón de Moaña. Agnette Nielssen, y sus concejales esquimales, firmaron en el libro de oro de la ciudad. Ella escribió: «Desde el fondo de nuestro corazón, muchas gracias por la hospitalidad que nos han ofrecido. Esperamos una amistad muy profunda y cooperación en el futuro».

Probablemente sin entender mucho a qué habían ido unos vigueses a amigarse con su pueblo, la corporación municipal de Narsaq regresó a casa. Nada se supo nunca de ningún acuerdo comercial ni pesquero. Pero, en una aldea perdida en el mar del Labrador tiene Vigo unos hermanos esquimales. Que volvieron a casa como llegaron, sorprendidos. En A Madroa, el desventurado pingüino llevaba ya algunos meses muerto. Era argentino, aunque muchos lo creyeran groenlandés. O, para ser más exactos, fuera de donde fuese, murió ciudadano de Teis.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
10 votos

Nuestros hermanos esquimales