Atónitos con Barreras

Eduardo Rolland
Eduardo Rolland LA BUJÍA

VIGO

Hay más belleza en la sirena de Barreras que en la Novena Sinfonía de Beethoven. La frase, lo reconozco, es una barbaridad, un remedo del padre del futurismo, Marinetti, quien comparó un Ford T con la Victoria de Samotracia. Sin embargo, para varias generaciones criadas en Coia, la bocina de los astilleros nos ha sonado siempre a música celestial. Y el sonido del martillo golpeando el acero tiene para nosotros los efectos sedantes de una nana.

Valga este preámbulo para que queden claras mis simpatías por los astilleros Barreras, que forman parte del mapa sonoro de nuestra infancia. Por esto, tal vez, duela más la complicada situación que atraviesan. Y sea imposible callarse ante la escandalosa forma en que se quiere gestionar su supervivencia.

Barreras era una empresa rentable hasta hace solo dos años. En el ejercicio de 2010, daba beneficios. Y, de pronto, por arte de birlibirloque, está al borde de la liquidación, con unas deudas de 74 millones de euros que no puede afrontar. Alguien debería explicarnos cómo se gestionan las cuentas empresariales en este país. Y cómo la llamada contabilidad creativa es capaz de hacer que una empresa sea muy rentable un año y al siguiente esté en quiebra. O se cambia la ley contable o se fiscalizan las cuentas con rigor.

Pero la propuesta de resolución que ha planteado la dirección de la empresa es un completo escándalo. Proponen que les perdonen 95% de la deuda y pagar el 5% restante a plazos durante 15 años. De 74 millones de euros, Barreras propone dejar 71 sin pagar. Y esta quita han de hacérsela Hacienda, la Seguridad Social, los trabajadores y las 50 empresas auxiliares de la comarca que son los principales acreedores.

Así que, para salvar la marca Barreras, han de quebrar todas las pequeñas y medianas empresas que han estado trabajando para el astillero y que no han cobrado. Ni les piensan pagar. Y, además, por si fuera poco, se pide a la Xunta de Galicia que entre en el accionariado de la empresa, esto es, que se inyecte capital público, de todos, para reflotar el negocio.

Tiene mucha razón, francamente, el presidente del comité de empresa cuando describe el plan como una «locura». Y hay que elogiar al conselleiro de Industria cuando afirma que no lo ve claro. Javier Guerra es incluso demasiado generoso con los adjetivos.

Ante casos como este, rechina tanta literatura como se ha vertido sobre la grandeza y maravilla del empresariado de Vigo.

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