La visita oficial

VIGO

En 1999, Vigo recibió a Manuel Fraga como si fuese el Sha de Persia, el emir de Catar o el sultán de Brunei. Era alcalde el nacionalista Lois Castrillo, que tuvo la ocurrencia de invitarle a una «visita oficial» a la ciudad. Así se presentó aquí «don Manuel», como si fuese un mandatario de un lejanísimo país, recibido en el Ayuntamiento de Vigo. Y, en la práctica, lo era.

Fraga siempre se despreocupó de Vigo. Jamás mostró interés por la ciudad, mientras se desvivía por Santiago, que era su pasión. Mientras la mayor ciudad gallega pedía sin éxito, año tras año, un triste primer cinturón de circunvalación, que era esencial para el puerto y para Citroën, la Xunta invertía sin descanso en Compostela, construyendo rondas y autovías, alguna de ellas tan inverosímiles como la que comunica la capital gallega con A Estrada. El delirio de la Cidade da Cultura fue sólo la guinda de un pastel que se horneó durante dieciséis años.

También A Coruña recibió del veterano presidente un buen trato y grandes inversiones, tal vez porque compartía con el alcalde Paco Vázquez cierta forma de hacer política, entre la autoridad y el populismo.

Vigo, sin embargo, no tuvo suerte en aquellas cuatro legislaturas de Fraga. Si repasamos la agenda del encuentro con Lois Castrillo, la mayoría de las demandas viguesas continúan pendientes, 13 años más tarde. Un nuevo hospital, el área metropolitana o la Cidade da Xustiza son algunos de esos asuntos que se trataron entonces y que no se resolvieron nunca.

Sobran ejemplos, pero aquí va otro: Mientras Vilalba, la tierra natal del presidente, inauguraba un fastuoso auditorio y palacio de congresos, orgullo de toda la Terra Chá, Manuel Fraga fue incapaz de financiar uno en Vigo, la ciudad más poblada del país que presidía. Tuvo que hacerse con participación municipal y privada.

Vigo no era del gusto de Fraga y se notaba. Ni siquiera apostó por estos predios cuando Manuel Pérez logró para el PP la única mayoría absoluta que se ha vivido en la praza do Rei.

Tan poquito quería «don Manuel» a la ciudad que Xosé Cuiña llegó a titularse a sí mismo como «O Valedor de Vigo». En mítines y entrevistas prometía «defender a los vigueses ante la Xunta». Lo que constituía una idea entonces muy aplaudida pero totalmente surrealista. Venía a reconocer que el gobierno gallego maltrataba a la ciudad.

Aquel 1999, Fraga visitó Vigo como la Reina de Inglaterra viaja a veces a lejanísimas colonias de la Commonwealth. A los vigueses, aquel día, sólo nos faltó salir en taparrabos, regalarle collares de flores y bailarle alguna danza tribal. Hubiera sido un toque de humor de una ciudad que, mirando atrás sin apasionamiento, le debe muy poco. Si hoy, en la hora postrera, algunos han salido diciendo otra cosa, sólo podemos atribuirlo al partidismo o a las licencias poéticas de la literatura necrológica.

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