El nombre de una calle


Vigo sólo cuenta 44 calles con nombre de mujer. De los más de 1.400 viales que tienen placa, para ellas apenas hay un exiguo tres por ciento. El resto se dedica sobre todo a hombres, pero también a toda suerte de accidentes geográficos, además de flora y fauna que incluye corvos mariños, teixugos, xílgaros y demás bicherío que corra, nade o vuele. Menos nombres de viguesas, hay prácticamente de todo.

Esta semana descubrí por casualidad una nueva calle con nombre de mujer. Se trata de un humilde callejón sin salida, en la zona de Coutadas, entre el instituto de Os Rosais y la Travesía de Vigo. En la placa pone: «Rosario Hernández».

Por curiosidad, busqué el rastro de esta persona y me encontré una historia tremenda, que me tiene anonadado desde entonces. Rosario Hernández Diéguez era una chica de 16 años que, por los años 30 del siglo pasado, vendía periódicos en un portal de la calle del Príncipe, junto a la sede de la sociedad recreativa El Gimnasio.

La niña vivía en la calle Pino, en una casa muy humilde, y se ganaba el pan voceando las noticias de los diarios, tanto los días de sol como los de lluvia. Rosario tenía por alcume familiar La Calesa y así la conocían todos.

Corría la II República y la chica se vio atraída por la política. Frecuentaba la Casa del Pueblo de la UGT, en la calle García Barbón. Además, acudía a reuniones del PSOE. En las manifestaciones obreras de la época, siempre aparecía en primera fila, coreando consignas, con el entusiasmo de los 16 años.

El 20 de julio de 1936, la guarnición militar de Vigo se rebela. El capitán Carreró, con medio ciento de soldados, lee en la Porta do Sol el bando de la sublevación. Ante las protestas de la muchedumbre, disparan a quemarropa y dejan ocho muertos y decenas de heridos. Y así comienza una salvajada inhumana, que incluye una masacre en Lavadores, que llega a ser bombardeada por hidroaviones llegados de Marín.

Cientos de ciudadanos son detenidos. Muchos, llevados al frontón de la calle María Berdiales y asesinados en paseos nocturnos. El alcalde Martínez Garrido, un señor muy tranquilo, a quien hasta sus adversarios consideraban una bellísima persona, es fusilado frente a los muros de Pereiró. Los muertos que quedan por los caminos son numerosos. Hasta ahora, están documentados unos trescientos «paseos» y otros doscientos fusilamientos tras juicios sumarísimos que llegaban a durar cinco minutos. Una de las víctimas de aquello fue Rosario Hernández Diéguez, La Calesa. La detuvieron unos matones. Fue violada y torturada toda una noche. La asesinaron al amanecer. Para ocultar su cadáver, lo subieron a un barco y lo arrojaron al mar, frente a las islas Cíes. Esta semana, por casualidad, descubrí su calle. Y sigo horrorizado. Si vuelvo a pasar por allí, se me van a saltar las lágrimas.

eduardorolland@hotmail.com

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