Aún hay clases

VIGO

06 nov 2011 . Actualizado a las 17:44 h.

Hace años entrevisté a un alto cargo universitario en su despacho del campus. Eran tiempos polémicos, en los que el grupo Marcote promovía una universidad privada que parecía contar con las simpatías de la Xunta de Fraga. Por esta razón, los rectorados gallegos estaban en pie de guerra. Y la entrevista, como era previsible, derivó en una ferviente defensa de la educación pública, bastión y pilar de una sociedad cívica.

Al término de la charla, el alto cargo universitario cogió su coche y se dirigió al colegio Lar, situado junto al campus, para recoger a sus hijos. Además de su magnífico emplazamiento, este centro oferta una educación bilingüe en inglés, que es realmente atractiva. Pero ni que decir tiene que es un centro privado.

Aquello me chocó. Pero no dije nada, tal vez porque soy admirador de aquel alto cargo universitario, y aun hoy en día no entiendo cómo no se le aprovecha para la política con mayúsculas. Es un buen gestor, da imagen y a nivel intelectual es de lo mejor que tenemos en Galicia.

Pero basta ver los políticos en este país para comprender por qué este señor, cuyo nombre no escribiré, no pinta nada en semejante mundo. Sin embargo, me dejó atónito aquella defensa de lo público en público, mientras se entregaba a lo privado en privado.

No es el único caso. Aburrido estoy de ver amigos que, no sólo pasan de la Iglesia católica, sino que a la que salta te colocan un discurso anticlerical que parece que vayan a pegarle fuego a las iglesias. Luego, los ves un día tras otro esperando a sus niños a la puerta del colegio de curas. «Es que nos queda cerca de casa», explican con la cara muy dura.

Personalmente, no soy nada maniqueo. De jerarquía y doctrina eclesiástica critico tantas cosas que se me haría corto un periódico entero. Pero también me descubro ante la labor de Cáritas o de las Misioneras del Silencio, por ejemplo. Lo que sí tengo claro es que nunca llevaría a mis hijos a un colegio religioso, simplemente porque no soy religioso. Me parece que eso es coherencia, sin ofender a nadie.

Nos sorprenderíamos de cuántos políticos, a quienes se llena la boca defendiendo lo público, pagan para sus hijos un centro privado. Algunos, incluso religioso, cuando no son en absoluto creyentes. Forma parte de las incongruencias sobre la educación, que permiten últimamente denostar a los docentes con total impunidad.

Pero la realidad es otra. La mayoría de los profesores se preocupan por su trabajo muy por encima de lo que se les exige. Por no mencionar un dato sobre la educación pública: en Vigo, hay alumnos del instituto de A Guía que tuvieron como profesor a Torrente Ballester. Y, en el Santa Irene, les daba clase Méndez Ferrín. ¿Qué colegio privado puede ofrecer un lujo semejante? ¡Aún hay clases!