El alcalde de Arbo acaba de descubrir que tiene cientos de vecinos inventados. Se trata de habitantes ficticios que el anterior gobierno municipal creó para engordar el censo y así cobrar más dinero procedentes de las subvenciones. En la estación del tren, en la escuela pública, en fincas abandonadas y hasta en los palcos de la música, hay empadronados unos señores imaginarios, que oficialmente son tan arbenses como los auténticos.
Si no fuese un escándalo, la cosa sonaría a chiste. Azcona y Berlanga juntos serían incapaces de imaginar algo tan surrealista. No sabría decir si el caso pertenece al realismo mágico, a la novela negra o a la literatura penal propiamente dicha.
Los vecinos inventados de Arbo tienen nombres rimbombantes. Uno de ellos es Armando Paz y Guerra, que aparece domiciliado en la estación del tren, junto a su mujer inventada y sus dos hijos inventados. El apellido de los Paz y Guerra nos muestra que su creador, quien los puso en el censo, era un admirador de Tolstoi.
Como quiera que leer realistas rusos denota cierta cultura, se hace raro que el funcionario que inventaba vecinos no supiese que cometía un delito. Y que no puede uno ir por la vida inventando identidades y censándolas, por muchos cuartos que traigan al pueblo.
Galicia nunca deja de asombrarnos. Y se conoce que en Arbo inventaban vecinos echándole cachondeo. Al igual que hay la familia Paz y Guerra, pronto aparecerá Dolores Fuertes de Barriga y Elena Nito del Bosque. Cuando los autores de esto lleguen a la penitenciaría de A Lama, van a poder montar el Club de la Comedia.
Ante los vecinos inventados, que parece que son ya más de trescientos, el alcalde saliente no tiene nada que decir. Tampoco el presidente de la Diputación, Rafael Louzán, de su mismo partido. Y Feijoo ha zanjado el caso con una sola frase: «Se hai algunhas incidencias, paga a pena clarexalas».
Parece que nadie ve que estamos ante un delito y un escándalo. Y que habría que saber quién dio la orden de inventar vecinos. Y quién falsificaba los censos municipales. E incluso quién es el admirador de Tolstoi que ponía los nombres.
También sería prudente saber si los vecinos inventados votaban. No vaya a ser que, históricamente, las corporaciones de Arbo hayan salido de electores ficticios. Y que, al llegar las elecciones, enchufasen la máquina de inventar vecinos, que ya salían de fábrica con la papeleta en la boca.
En el día de ayer se supo que buena parte de los arbenses ficticios tienen números de DNI de personas muertas. Así que la cosa cobra tintes de Cuarto Milenio. Arbo empieza a parecer la Comala de Pedro Páramo, con sus espectros. Miedo da ir a comer la lamprea y que te aparezca la santa compaña de los vecinos inventados.
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