La Casa das Palabras, dotada con el mayor presupuesto municipal anual, que ronda el millón de euros, es el que menos visitantes recibe
18 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Accedo gratis por ser de Vigo, si no, pagaría tres euros. Oigo el eco de mis pisadas. No hay nadie más. Ni un vigilante. Si ahora mismo me sale alguien de dentro de un cubo interactivo me muero del susto. En el módulo del laberinto hay unas puertas que se abren automáticamente si aciertas una pregunta. Acierto, pero no entro. Me viene a la cabeza José Luis López Vázquez encerrado en la cabina y no me apetece. La Casa das Palabras se parece a la Casa Encantada de los parques de atracciones, pero ni siquiera te sale al paso un monstruito para que espabiles tras el mareo de datos e información sobre las lenguas, el lenguaje y la comunicación. El monstruo es el museo en sí mismo, un mastodonte al que el Concello de Vigo lleva ocho años tratando de dar de comer llenando su enorme estómago de alimentos poco nutritivos o cuya presentación es tan pobre que no entrar ganas de hincarle el diente.
El enorme contenedor cuyo presupuesto ronda el millón de euros está vacío. Durante mi visita de más de una hora es solo mío. ¿Casualidad? Puede ser. Pero también es verdad que no hay ser humano que cruce los tornos de la entrada que no pase a formar parte de la estadística, aunque lo haga para asistir a un congreso, a la presentación de un libro o a la sala de cómics.
Desde su inauguración en el 2003, con Lois Castrillo como alcalde y el entonces edil de Cultura Carlos Príncipe como promotor del proyecto, no ha logrado remontar los 63.000 visitantes, cifra récord obtenida en el primer año de funcionamiento que descendió a 12.000 al año siguiente y en el 2010 se reflotó hasta los 42.000. Es el que menos visitantes recibe, pero cuenta con el presupuesto más alto.
Que el contenido del museo es interesante es innegable. Tanta didáctica, a pesar del sentido lúdico con el que se pretende envolver a través de juegos interactivos, puede resultar cansina.
El edificio proyectado por César Portela ocupa 5.000 metros cuadrados en una parcela de más de 13.000 en plena playa de Samil. Su ubicación es parte de su fracaso. Demasiado lejos de la vida urbana para dejarse caer de paso.
El cuerpo central y permanente del Verbum son sus cubos divulgativos, pero también hay tres salas más donde se organizan muestras temporales. Actualmente hay tres exposiciones abiertas. Vigo, cidade Babel, una mareante ensalada de cifras que a pesar de analizar el estado de las lenguas en el mundo solo ofrece explicaciones en gallego. Estéticamente es sugestiva, pero parece una ampliación comisariada de un manual de Coñecemento do Medio.
Del otro lado se exhibe la historia de la radio en Galicia. Hay piezas únicas y documentos muy interesantes sobre el pasado de las ondas y del país, como las hojas de la censura en la que se detallan canciones que no se podían radiar. Al fondo aún hay otra exposición, Vilagrafías, que es un excelente trabajo fotográfico de Anxo Cabada. A lo mejor falla la promoción. Xesús López, anterior edil de Cultura del BNG, quiso darle otro rumbo al museo y antes de las elecciones anunció que pretendía eliminar el sistema de cubos y darle «una vuelta» de la mano del director del centro, Rosendo Covelo. El Verbum es ahora un rompecabezas en manos de la actual concejalía de Cultura, que en tiempos de crisis ajusta presupuestos, aunque sobre el futuro de la Casa das Palabras, como del resto de la red museística, nada se sabe.
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