No conviene presionar a Abel Caballero sobre la necesidad de derribar la cruz de los caídos. Porque resulta evidente que el alcalde le atribuye efectos apotropaicos, esto es, que el monumento, a modo de amuleto, le proporciona una protección personal. Luchar contra semejante superstición podría tener efectos contrarios y, no queriendo dañar su más preciado fetiche, podría el regidor decidir ampliarlo, erigiendo una nueva cruz que, a modo de Corcovado, pero versión Falange, sea visible desde toda Galicia y aun desde lejanísimos barcos que transiten por alta mar.
No se me antoja otra razón para tanto empecinamiento que Abel Caballero atribuya virtudes apotropaicas a la cruz de O Castro, siguiendo la tradición de otros emperadores, como el propio César, y más tarde Tiberio, Claudio y Calígula, que ya demostraron ser supersticiosos hasta lo maniático. Porque sería bien sencillo, en atención a la Ley de Memoria Histórica, ratificada por el Parlamento español, desmontar el monumento y, si acaso, sustituirlo por otro más modesto, con una humilde llama perpetua, que honrase a todos los caídos, o al soldado desconocido, como se estila en países más civilizados. Tendrían, además, así, reconocimiento de su ciudad también los militares que han perdido la vida en contiendas con la de Irak, Balcanes o Afganistán. Sería sencillo repensar esa cosa que hay en O Castro y darle un sentido común y democrático.
Pero no. El alcalde se niega. Hace dos años, Santi Domínguez, del BNG, le dijo que, si él fuese el regidor, ya la habría derribado. En hábil esgrima política, Caballero le respondió que él fue concejal cuatro años con Castrillo y que la cruz se mantuvo en pie. Pero se olvidó de mencionar que, por entonces, no existía la ley de memoria histórica.
El pasado año, 21 colectivos vigueses presentaron ante el Concello 4.040 firmas para pedir el desmontaje del monumento fascista. Y, ahora, la propia federación vecinal se lo ha pedido al alcalde por escrito. Pero el regidor hace oídos sordos.
Tampoco resulta creíble que tema que la Iglesia se moleste por su retirada. Afortunadamente, la Diócesis de Tui-Vigo ha dado un formidable ejemplo al retirar, con escrupuloso cumplimiento de la ley, todas las inscripciones de caídos del bando franquista de las fachadas de sus iglesias. Y debería valorarse esto. Por desgracia, seguirán labrados en piedra el yugo y las flechas y los lemas fascistas en nuestros tempos románicos, un atentado cultural que revela el nivel intelectual de los gañanes que hicieron semejante aberración, a la que no se atrevió nadie desde los Reyes Católicos hasta que llegaron los partidarios del Caudillo.
Así que no hay razones para que no se derribe de una vez la cruz de O Castro. O se cambie por otra cosa. Sólo la superstición puede explicar este empecinamiento. Algo ve el alcalde ahí que es su fetiche. Y, como me gusta la palabra, la repito: ¡Sí, aquí hay un tema muy apotropaico!
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