Fue un viaje muy especial porque hacía años que no tenía unas vacaciones «normales»
03 jul 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Hasta el verano del 2009 fue París la asignatura pendiente de Salustiano Mato en materia viajera, que terminó aprobando con nota. Cuenta el rector de la Universidad de Vigo que fueron, con diferencia, sus mejores vacaciones en muchos años. Y no solo por el escenario y la compañía, que también, sino porque llevaba mucho tiempo sin lo que denomina «vacaciones reales».
Acababa de dar carpetazo a 12 años en sucesivos puestos de responsabilidad, incluida la política, y se disponía a retomar la gratificante y más descansada vida de profesor universitario de a pie. Al fin el horizonte invitaba a entregarse en cuerpo y alma al dolce far niente sin la obligación de estar colgado del teléfono móvil, el correo electrónico y demás artilugios tecnológicos de tortura. Solo su mujer, cuatro amigos íntimos que conserva desde la infancia y París.
Mal sabía que, cuando regresara a Vigo, le estaría esperando agazapada una sorpresa que terminaría por cambiar por completo sus planes. Alberto Gago había decidido colgar las botas de rector y un grupo de colegas pensó que nadie mejor que Mato para tomar el testigo, así es que terminó por volver a entrar en la vorágine de las agendas imposibles y en la asunción de nuevas responsabilidades. Menos mal que esas agendas ya le pillaban con los deberes de París hechos.
Han pasado dos años, pero mientras habla de esos deberes es como si aún los disfrutara. Para empezar, los amigos con los que viajaron su mujer y él son de esos de toda la vida, de la infancia, con los que se está muy a gusto. «Vivimos en sitios diferentes, pero nos obligamos a vernos al menos dos o tres veces al año». Como creía que después de aquello le esperaban las aulas, puso por una vez todas sus neuronas en programar las vacaciones. «Me encantan los retos». Y en aquel viaje había varios.
El primero, y no menor, era ajustarse a un presupuesto más bien pequeño, tirando a muy pequeño para adaptarse a la situación económica de todos los compañeros de viaje. Ningún problema para una persona que ha ocupado puestos de gestión. «Para que te hagas una idea, el tope de gasto en las cenas era de 20 euros per cápita. Las comidas las íbamos haciendo sobre la marcha».
Recuerda con nostalgia el puerto base, elegido a conciencia, un pequeño hotel en el cogollo de Montmartre no lejos del Moulin Rouge. Aprovecharon la caminata por el Barrio Latino para jugar al Código Da Vinci. «Para darle emoción seguimos el orden de la novela en nuestro recorrido por el mundo de la arquitectura parisina», afirma. Añade que un día para el Louvre no les llegó a nada. «Nos atrapó tanto lo que estábamos contemplando que hasta bien avanzada la tarde no nos dimos cuenta de que no habíamos comido».
De todo lo que le dio tiempo a ver en el museo lo que más le sorprendió fueron las esculturas de la época mesopotámica. «¡Lo que se llevaron los franceses de ese mundo! No me lo esperaba».
No faltaron las anécdotas en el viaje, desde el desalojo cuando pateaban los Campos Elíseos porque Sarkozy iba a condecorar a grupo de veteranos de guerra, con los que intimaron, hasta la cena en la que nadie, salvo el propio Mato, se atrevía a pedir más que un primer plato porque no se creían que un restaurante con tan buen servicio, uno de los favoritos de bohemios e intelectuales, estuviera dentro de su tope de 20 euros. «??Tiene que haber gato encerrado??, me decían». Cuando llegó la cuenta y comprobaron que no lo había le dejaron elegir restaurante el resto del viaje. Como buen cocinillas, Salustiano Mato tiene buen olfato para las cosas del comer.
«El tope de gasto en las cenas era de 20 euros. Las comidas las hacíamos sobre la marcha»