Sostiene Alfonso Pato que el símbolo que mejor define a esta ciudad es un compresor
18 abr 2011 . Actualizado a las 11:40 h.Según su carné de identidad se apellida García pero contadas personas lo saben. Y es que Alfonso Pato ha sido Pato por parte de padre desde la cuna. Era como se llamaba la taberna que regentaba su progenitor y terminó por convertirse en apodo.
Puesto en la tesitura de elegir un rincón favorito, duda entre el edificio de la Panificadora y La Juaquina, uno de los emblemáticos locales de la Ronda de Don Bosco. Al final gana este último. «Cuando vengo a Vigo caigo aquí de cabeza», afirma. Sostiene que la zona en la que está enclavado es un punto neurálgico de la ciudad en el que, además, suele coincidir con muchos amigos, el primero de ellos el propio director de orquesta de la casa, Quico.
Pero está claro que a Alfonso Pato le pide el cuerpo hablar de la Panificadora. La saca a relucir a la primera de cambio: «Me gusta contemplarla», afirma rotundo para, a renglón seguido, preguntarse cómo ha podido entrar en mente alguna hacerla desaparecer del mapa: «A quién se le ocurría derribar el edificio más emblemático del skyline de Nueva York. Sería un atentado».
Bien pudiera Miguel Ríos haberse inspirado en Pato a la hora de cantar aquello de «vivo en la carretera». Y es que su semana transcurre entre A Coruña, Santiago, Cans y Vigo. Tanto viaje por obligación (exigencias del guión podría decirse en su caso), está trufado de devociones. Vigo es una de ellas. «Me atrae su caos. El encanto de esta ciudad está en el caos. De hecho, creo que el símbolo de Vigo tendría que ser un compresor», afirma.
Prefiere no adentrarse en vericuetos políticos, pero está con los que piensan que ni siquiera tantas ineptitudes como soporta desde hace años en ese terreno han podido con el hervidero de ideas y el empuje de Vigo.
Es la de Alfonso una mente inquieta que empezó a formarse en el colegio Santo Tomás de O Porriño. «Le agradezco mucho a mi padre que me matriculara en un centro laico». Tenía que recorrer entonces seis kilómetros para ir a clase.
Fue allí donde dio las primeras muestras de creatividad y donde empezaron a evidenciarse sus dotes para escribir. Lo de terminar licenciándose en Filología Hispánica tiene explicación: «Estudié Filología por amor a mi padre y nunca ejercí por amor a la lengua», explica parafraseando a Castelao. Puesto a definirse en lo profesional se considera «guionista con alma de periodista».
Antes de convertirse en alma máter del Festival de Cans, tuvo tiempo de ejercer de «temporero de la diversión» en París y Londres. Era una tarea que ya sabía que se le daba bien desde los tiempos de Instituto, en los que «crapuleé lo que pude».
Fue en aquellos años de instituto cuando un grupo de chavales empezaron a soñar con un Cans porriñés a imagen y semejanza del Cannes francés. «Era un chiste recurrente», dice. Hace siete años que el sueño empezó a tomar cuerpo. «Fue en un bar, como todo. César Lourido me retó y no hay nada como dos cervezas y un reto para ponerse en marcha».
Alfonso Pato
Guionista con alma de periodista
Bar La Juaquina
Porque es un lugar emblemático enclavado en un punto neurálgico de la ciudad